Las huellas del dolor después del trauma
Bessel van der Kolk, director médico de Trauma Center:
Las huellas del dolor después del trauma
Autor de "El
cuerpo lleva la cuenta" (2015), exitoso volumen sobre el desorden de
estrés postraumático, este profesor de Psiquiatría en la Universidad de
Boston asegura que prácticamente todas las personas enfrentan
situaciones traumáticas, el 20 por ciento de ellas, graves. Para su
tratamiento, ha investigado en áreas postergadas por la academia, como
el uso terapéutico del yoga. Su teoría es que no se puede superar un
trauma si no se trabaja a nivel corporal. Aquí explica por qué.
Sofía Beuchat
La Haya. Holanda. Años cuarenta. Bessel van der
Kolk no sobrepasa los diez años y no imagina que, de adulto, será una
eminencia a nivel mundial en torno al tema del estrés postraumático.
Solo observa cómo su familia enfrenta la crisis provocada por el bloqueo
militar luego de la ocupación alemana, que mató de hambre a unas 20 mil
personas. Mientras él juega entre zonas bombardeadas, sus amigos judíos
desaparecen en el holocausto, y su padre -un devoto protestante- es
encerrado en un campamento nazi. Una vida entera después, en 2014,
entrevistado por The New York Times, Bessel contará que su madre tuvo
que ir sola al hospital, en bicicleta, para que él pudiera nacer, un día
de julio de 1943. Dirá que ella siempre fue distante, amarga. Y que su
padre podía ser muy violento. Tanto como para encerrarlo en el
subterráneo de la casa por conductas que Bessel describe como "normales"
para un niño de tres años.
"La vida entera de Van der Kolk ha sido un estudio
sobre el trauma humano", apuntó The New York Times en esa entrevista,
realizada el año en el que el psiquiatra lanzó su exitoso libro "The
Body Keeps the Score" (editado en español como "El cuerpo lleva la
cuenta"), que se ha mantenido como best seller desde entonces.
Hoy, al teléfono desde su oficina en Boston, el
psiquiatra formado en la Universidad de Harvard -75 años, director
médico de The Trauma Center, presidente de la Trauma Research Foundation
y profesor de psiquiatría en la Universidad de Boston- dice que su
interés por trabajar en torno a las huellas que dejan las situaciones
traumáticas no tiene que ver con su propia historia de vida, por difícil
que haya sido.
¿Por qué uno llega a amar una determinada pieza
de música? ¿O un lugar específico donde ir a esquiar? Simplemente es
algo irresistible, interesante, que te fascina -dice para explicar su
interés en este complejo asunto. Viene llegando de una conferencia en
Israel y se prepara para partir a Australia.
Según el psiquiatra, prácticamente todos los seres
humanos viven experiencias que tienen el potencial de instalarse en la
psiquis como un trauma. Basta preguntar un poco, dice, para descubrir
que en muchas familias hay, por ejemplo, historias de alcoholismo o de
actitudes sexuales impropias. Van der Kolk estima que, en Estados
Unidos, el 20 por ciento de estas experiencias llega a tener secuelas
que pueden requerir tratamiento, en tanto interfieren con el desarrollo
de una vida normal. No es poco. Aun así sugiere que, probablemente, es
una cifra un poco más baja que la de otros países.
¿Qué es, finalmente, un trauma? Hay algunas
experiencias, dice el doctor, que inevitablemente tomarán la forma de un
trauma. Ver cómo asesinan a tu hijo frente a tus ojos, por ejemplo.
Nadie sale mentalmente ileso de algo así. Pero hechos menos serios
pueden ser traumáticos para algunas personas y para otras no. La
gravedad de los acontecimientos no es el punto, sino la manera en la que
el cerebro procesa eventos abrumadores.
-El trauma es una respuesta personal frente a
experiencias horrendas. Depende mucho de qué edad tenías cuando
ocurrieron los hechos: mientras menos edad tienes, más profundo es el
efecto. Y también depende de quién estuvo ahí para ti, quien te cuidó.
Si tu familia te apoya, y no te dice cosas como que estás inventándolo
todo o que lo que pasó no es importante, tu respuesta será diferente.
Porque al centro del trauma está la sensación de sentirse indefenso
frente a lo que sucede.
En su libro, el psiquiatra explica que esta
respuesta siempre es mediada por el cuerpo. Sin importar si se trata de
un abuso sexual, de experiencias de vida extremas (como es el caso de
los veteranos de guerra) o de una situación común, pero no por ello poco
fuerte, como la muerte inesperada de un ser querido, el organismo
siempre reacciona de la misma forma. Lo almacena todo en la amígdala: un
grupo de neuronas que se ubica en la parte interna del cerebro y que es
responsable, entre otras cosas, de procesar las emociones.
Al enfrentar alguna situación de peligro o estrés,
la amígdala activa un sistema conocido como "de lucha o huida", que
desencadena una intensa producción hormonal. Este sistema se pone en
acción cuando suceden hechos traumáticos y permanece activo hasta que la
sensación de amenaza desaparece. Pero cuando una persona sufre de
estrés postraumático, las imágenes de los acontecimientos marcadores
vuelven constantemente, consciente o inconscientemente, pero de manera
inevitable, por años. Surgen así síntomas similares a los del estrés
agudo -la capacidad de concentración disminuye, la calidad de sueño
también-, pero son causadas por la persistencia de los recuerdos.
Cuando esto sucede, explica el psiquiatra, la
mente intenta racionalizar lo ocurrido; trata de pensar que es algo que
ya pasó, que se puede y debe superar. Pero el cuerpo, amígdala mediante,
revive la experiencia una y otra vez. El cuerpo siente como si
estuviera pasando de nuevo. No distingue con nitidez entre los hechos y
su recuerdo, solo sabe que debe volver a activar la descarga hormonal.
Como resultado, el sistema de alarma se descalibra.
-Cuando vives con un trauma, tu cerebro cambia
-acota Van der Kolk. -Mucha gente les dice a las personas que han
sufrido situaciones traumáticas que se olviden de lo que pasó, que lo
superen. Pero ese es justamente el problema: no se puede. Intentas
olvidarlo, y no te resulta. Tratas de no reaccionar, pero no puedes
evitarlo. No es algo que se pueda decidir racionalmente, porque lo
ocurrido se anida en la parte más primitiva del cerebro, relacionada con
la sobrevivencia. Es algo que llega muy profundo, ahí donde la luz de
la razón no alumbra.
Trabajar con el cuerpo
En los inicios de su carrera, Van der Kolk empezó a
pensar en que, si el trauma tiene una relación tan cercana con el
cuerpo, había que trabajar también con él. Desde su mirada -y su
experiencia clínica-, el trabajo terapéutico tradicional, basado en la
conversación con un profesional de la salud mental, es clave, pero puede
no ser suficiente. Esto lo llevó a estudiar el empleo de diversas
terapias corporales -"tratamientos innovadores"- en niños y adultos:
meditación, danza, masajes. En esta línea, fue pionero en analizar
científicamente el uso del yoga, con resultados positivos. Asegura que
obtuvo fondos para esto desde el National Institute of Health ("como yo
venía de una institución respetable, la gente comenzó a oírme más", dice
con ironía).
-El yoga ayuda a activar las partes del cerebro
que se desactivaron por el trauma y aumenta la sensación de ser capaz de
tolerar las sensaciones corporales que surgen al revisar los eventos
traumáticos. Estas sensaciones son los motores del síndrome de estrés
postraumático y el yoga ayuda a administrarlas.
¿De qué sensaciones habla? Básicamente, de dos: la desolación y el desgarro.
Las terapias alternativas, según el psiquiatra,
también son útiles para ayudar a mantener a raya sensaciones usualmente
vinculadas con la presencia de un trauma, como la ansiedad. Por ejemplo,
según sus investigaciones con neurofeedback , este sistema -que permite
tomar más conciencia de la actividad cerebral- "consigue profundas
diferencias en el funcionamiento ejecutivo de las personas: se enfocan
mejor, se concentran mejor, son más capaces de hacer planes".
Los medicamentos, reconoce Van der Kolk, también pueden ser útiles. Pero por si solos no bastan.
-Pueden ayudar a que las personas se sientan un
poco más funcionales, menos contrariadas y más capaces de enfocarse, de
dormir bien. Pero no creo que curen el estrés postraumático. Su
contribución es menor -precisa.
El trabajo en la consulta apunta a sacar el trauma
del recóndito lugar del cerebro donde se anida, para desactivar el
nocivo ciclo de recordación. Es la única forma de conseguir que el
cuerpo deje de traer al presente esos hechos que hicieron daño. Y
comienza por reconocer lo ocurrido.
-La gente no llega diciendo algo como "quiero que
me ayudes con mi historia de abuso sexual". Más bien dicen cosas como
"siempre echo a perder mis relaciones" o "me aterrorizo cuando tengo
sexo". Piden ayuda por lo que están viviendo ahora, no por lo que les
pueda haber pasado antes -explica el doctor. Y luego agrega:
-Es importante lograr que las personas integren un
recuerdo dramático, lo que significa que puedan ser capaces de decir:
sí, esto me pasó, pero puedo cuidarme a mí mismo para que no vuelva a
ocurrir.
La gente, agrega, tiene mucho miedo. Teme que
hablar de lo que haya sucedido le haga revivir lo que sintió entonces:
dolor, rabia. Impotencia, más que culpa, porque -como explica el
psiquiatra- "al centro del trauma está la sensación de que no se pudo
hacer nada para evitar lo ocurrido". Por eso es importante que el
diálogo surja en el contexto de una terapia.
La labor del psicólogo o psiquiatra, precisa Van
der Kolk, es ayudar a las personas a tolerar estas emociones y verdades.
Para esto, Van der Kolk trabaja bastante con psicodrama. Se trata de
talleres en los que, con el apoyo de otras personas, se recrea lo
ocurrido. Estas personas asumen los roles de las personas involucradas,
pero actúan de manera reparatoria. Piden el perdón que no llegó en su
momento, dan el abrazo que no llegó. Si juegan el rol del agresor, se
alejan a tiempo, antes de agredir. La idea es crear, a nivel corporal,
la sensación -antes perdida- de sentirse seguro dentro del propio
cuerpo. Es, por así decirlo, un recableo cerebral.
-Lo que hacemos es ayudar a las personas a
experimentar eso que no vivieron. No se recrea la experiencia, sino lo
que pudo haber pasado y no fue. Así creamos la sensación de que alguien
te protegió. Los pacientes también juegan el papel que ellos vivieron.
Suelen odiarse por no haber hecho nada: se dicen a sí mismos que
deberían haber hablado, acusado, gritado. O que no deberían haber
llorado.
En estas sesiones, dice Van der Kolk, el cuerpo
experimenta, vive, una situación distinta. Se instala una sensación de
seguridad que se manifiesta en sensaciones corporales. Y esto resulta
ser, si no reparador, aliviador. Además, revivir los roles de las otras
personas en el momento de la situación traumática suele llevar también a
una reflexión profunda sobre los vínculos con los demás. ¿Por qué las
personas siguen relacionándose con quienes las agreden? ¿Por qué siguen
insertas en familias violentas? ¿O con parejas abusivas? ¿Por qué cuesta
tanto liberarse de algunos vínculos, aunque sean nocivos, y aunque
racionalmente sepamos que eso es lo que debemos hacer?
La respuesta, dice el psiquiatra, está en nuestra historia evolutiva.
-Somos primates, animales cuyos cerebros están
cableados para estar en grupo. Para muchas personas, el apego es el
valor más importante. A veces, con tal de mantener esos vínculos, las
personas son traumatizadas. No dejan a quien los golpea o trata con
crueldad, porque sienten que no pueden vivir sin esas personas.
El profesional reconoce que en esto influyen
variables culturales: el sentido grupal no es igual en los países
nórdicos que en los países mediterráneos. Las culturas hispanas, dice,
están entre las que más sufren el problema de apego a vínculos con
potencial de generar traumas. En terapia se trabaja en ayudar a estas
personas a diferenciarse de sus familias, a entender su rol y valor
individual.
-Todo esto se aborda en la terapia de maneras muy
profundas; no es algo que se resuelva en poco tiempo. Es muy complejo.
Más complejo que una neurocirugía. Cualquiera que entregue una solución
fácil para la superación de un trauma está probablemente equivocado
-añade.
La duración del proceso, como es de esperar,
varía. Algunas personas, dice Van der Kolk, hacen clic en una hora,
otros tardan 20 años.
-Pero siempre algo tiene que hacer clic en su
mente, que les haga sentir que están vivos otra vez -concluye el
psiquiatra-. La mayoría empieza a reírse nerviosamente, otros se relajan
o tienen una sensación mixta de apertura y placer. Es algo maravilloso
de observar.
Según Vander Kolk, no se puede decidir olvidar un
trauma de manera racional, porque se anida en la parte más primitiva del
cerebro.
Cada vez que vuelve el recuerdo de un evento traumático, el cuerpo lo experimenta como si ocurriera en el presente.
Publicado en diario El Mercurio el 26 de febrero de 2019.
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