La ideología neoliberal

La ideología neoliberal

Alain Bihr
 
Resumen
Toda ideología incluye un momento teórico (es un discurso coherente con tendencia totalizadora), un momento práctico o pragmático (establece una axiología que posibilita una acción efectiva de orden político, moral o ético dentro del mundo social), finalmente un momento apologético (justifica la situación social, las acciones o los proyectos políticos de una determinada agrupación social). A partir de esta definición, el artículo establece que el neoliberalismo satisface estas tres condiciones y que, por tanto, constituye una ideología, hoy no sólo dominante sino, sin duda, única dentro del campo político. 
 
I. Introducción
Bien podría confesarlo de inmediato: el título de nuestro artículo es problemático porque moviliza dos nociones, la de ideología y la de neoliberalismo, las cuales plantean inmediatamente preguntas y objeciones. Por haberse impuesto en el debate público en los últimos años, fundamentalmente como blanco de sus detractores, y por haber dado ya lugar a una amplia literatura, el neoliberalismo sigue planteando un problema, en primer lugar en su definición. ¿Qué queremos decir exactamente con este término? ¿Cuáles son los contornos y el contenido? ¿Qué hace posible unificar bajo un mismo término, mejor: un mismo concepto, discursos, políticas, prácticas, conceptos, valores, etc., provenientes de diversos horizontes, contenidos en contextos muy sociopolíticos? Contrastados, apoyados por individuos, grupos , organizaciones, instituciones a veces sin vínculos aparentes? ¿Hay algo más que un efecto de amalgama y atajo que, si puede satisfacer al tribuno y al activista, debe al menos ser sospechado a priori por el investigador?
Y la sospecha se redobló inevitablemente en el uso del segundo término de nuestro título, el de ideología. Término connotado si lo hay, que apunta inmediatamente a una cierta tradición teórica y política, el marxismo por no nombrarla, que lo ha desgastado hasta el punto de que su reanudación es inevitablemente problemático. ¿Podemos seguir usando el concepto de ideología de otra manera que no sea de una manera… ideológica? Si la pirueta anterior sugiere que quizás no sea tan fácil deshacerse de este concepto para siempre, queda pendiente la exigencia de (re) definir el significado y las condiciones de su uso, que respondan a las exigencias de rigor y relevancia científica.
Nuestro artículo no pretende evadir todas estas obligaciones. ¿Qué es una ideología en general? ¿En qué sentido y en qué medida podemos hablar de ideología neoliberal? ¿Cuáles son las ventajas de utilizar el concepto de ideología para analizar el discurso neoliberal? Por el contrario, ¿qué nos puede decir el análisis de este discurso sobre la naturaleza y el funcionamiento de las ideologías en general? Estas son algunas de las preguntas que servirán de hilo conductor pero a las que este artículo solo puede pretender dar algunas respuestas.
 
2. Revisión del concepto de ideología
Como se entiende aquí, el concepto de ideología se refiere a los usos inaugurados por Friedrich Engels y Karl Marx en un manuscrito publicado póstumamente, la famosa Ideología alemana, escrito entre 1845 y 1846. Uno y otros debían usar el término con frecuencia a partir de entonces, sin embargo sacrificando siempre el requisito académico de su definición formal. Además, no es seguro que estuvieran en posesión de tal definición o incluso en la capacidad de producirla, ya que se trata de un concepto del cual de alguna manera estaban descubriendo las posibilidades al andar o lo trabajaron y probaron desde el análisis de fenómenos ideológicos concretos, de determinados objetos ideológicos. Además, dependiendo de los contextos de su uso y de los objetos a los que lo aplicaron, Engels y Marx enfatizaron una u otra faceta del concepto, a veces hasta eclipsar a todas las demás. Esto también puede explicar los debates entre marxistas a los que puede haber dado lugar este concepto, que no siempre han ayudado a aclararlo, sino todo contrario.
Quizás haya una razón inmediata para esta falta de definición del concepto de ideología entre sus creadores. Es que se trata de un concepto complejo, con múltiples facetas y múltiples articulaciones, que por tanto se presta mal a una definición sintética simple, que no es reductiva. No obstante, si queremos probar suerte con esa definición, podemos decir que una ideología es un sistema cultural (en el sentido antropológico de la palabra), cuyo núcleo está constituido por una concepción del mundo que es a la vez abarcadora y global, coherente, que implica un programa de acción sobre el mundo y, por tanto, también una axiología, y cuya función esencial es justificar la situación, los intereses o los proyectos de una determinada agrupación social. Esta definición enfatiza deliberadamente tres momentos (en el sentido de elementos constitutivos) que son todos condiciones necesarias para la constitución de una ideología.
El primer momento de cualquier ideología puede llamarse teórico. Si ninguna ideología puede reducirse a un discurso, como volveré a tener la oportunidad de insistir, su corazón es ciertamente discursivo, como sugiere la etimología de la palabra. Sin embargo, es probable que no todo discurso constituya una ideología; para eso debe tener algunas cualidades. Por un lado, debe abarcar una cierta extensión o amplitud de campo, ya sea en el límite que abarca (o totaliza) el objetivo o la pretensión (correcta o incorrecta) de alcanzar la realidad como un todo. Por tanto, una simple opinión o una idea bien argumentada no constituye en sí misma una ideología, aunque pueda estar inspirada y sustentada por uno o incluso varios sistemas ideológicos.
Por otro lado, para ser ideológico, un discurso debe estar dotado de cierta coherencia. Tampoco un simple conjunto de opiniones o incluso tesis disociadas constituyen una ideología. Lo que se requiere de una ideología, sin embargo, no es esta coherencia formal y rígida que se limita a la repetición estéril de fórmulas canónicas y que, de hecho, se mantiene a raya por la contradicción de argumentos o hechos. Se espera mucho más de esta coherencia, hecha de flexibilidad y adaptabilidad, que permite que una ideología varíe según las circunstancias y, por tanto, perdure. Una ideología debe ser una matriz constante de nuevas ideas para mantenerse viva.
Sin embargo, ninguna de estas dos cualidades exigidas a una ideología debe sobreestimarse. No toda ideología es necesariamente lo que comúnmente se llama una cosmovisión, y mucho menos una filosofía. Hay ideologías que pueden calificarse de parciales o sectoriales que, sin embargo, deberán ser completas en relación con su campo: pretenden tratar sólo un campo en particular pero deben abarcarlo como un todo. Asimismo, cualquier ideología es presa de contradicciones internas cuya coherencia es difícil de ocultar y contener.
El segundo momento de cualquier ideología puede, a diferencia del anterior, llamarse práctico o pragmático. Si una ideología no es solo un discurso, es en particular porque esperamos que implique la posibilidad de actuar en/sobre el mundo de manera eficiente: debe decirnos no solo qué es (o se supone que es el mundo), sino también qué debemos y podemos hacer al respecto, cómo y por qué tenemos que actuar en él. En otras palabras, una ideología es también siempre, en cierto sentido, un programa de acción, dependiendo de lo político, moral, ético, educativo, etc., o todos a la vez. Es por esto que, además, toda ideología tiende a realizarse y activarse en comportamientos, actitudes, prácticas y usos, individuales o colectivos, formas de organización social e instituciones, y consecuentemente también normas y estándares ideales, con toda una economía de afectos, y de los sentimientos asociados con estas determinaciones prácticas. Una ideología siempre implica no solo una representación de lo que es el mundo, sino también una imagen de lo que debería ser, acompañada del proyecto de realizarlo, de conformar el mundo a esa imagen. En este sentido, la ideología sigue siendo tan axiológica como siempre y, en ocasiones, puede volverse utópica, al (re) presentarnos el modelo de un mundo ideal.
Finalmente, no hay ideología sin un tercer momento que pueda llamarse apologético. Con esto quiero decir que cualquier ideología se presenta siempre como la justificación o incluso la idealización de la situación, de los intereses, de las acciones, de las posiciones y/o de las propuestas, de los proyectos de un grupo social (según el caso: una categoría social, un estrato social, una clase social o una fracción de una clase, un bloque social formado por la alianza de varias clases sociales, una nación, una coalición de naciones, etc.), atrapados en relaciones complejas (de alianza, competencia, rivalidad, lucha, etc.) con otras agrupaciones, una justificación que tiene la función de permitir que esta agrupación logre sus fines. En este sentido, cualquier ideología es siempre una defensa fundamentalmente pro domo.
Es la presencia de este momento apologético lo que da al concepto de ideología su significado crítico: denunciar (porque es entonces en estos términos que operamos) un discurso como ideológico equivale a demostrar que nunca es como máscara e instrumento de intereses, acciones, proyectos, etc., de un grupo en particular al que refuerza su legitimidad. En consecuencia, también suele ser este momento el que habremos privilegiado en la definición, la aprehensión y el tratamiento de las ideologías, al tender a reducir una ideología a la visión del mundo propia de una determinada agrupación social, destinada a justificar en función de los caso, las posiciones que este grupo ocupa en el mundo social, o las acciones que allí emprende para mantener, consolidar o, por el contrario, transformar y mejorar sus posiciones. Con respecto a esta concepción reduccionista, nuestra definición pretende, por el contrario, reforzar la autonomía de los otros dos momentos, teórico y pragmático, de la ideología, autonomía sin la cual, además, la función apologética de la ideología sería incomprensible.
Nuestra definición también permite relativizar la importancia de la cuestión de las relaciones de la ideología con la verdad, por tanto con la ciencia, en torno a la cual se ha centrado el debate sobre este concepto, en particular en la década de 1960 bajo la influencia de la escuela althusseriana. Porque esta pregunta concierne a lo sumo el único primer momento de cualquier ideología, su momento teórico. Además, a la vista de nuestra definición, se entenderá que estas relaciones solo pueden ser eminentemente complejas y que cualquier oposición aguda entre ciencia (verdad) e ideología solo puede ser una caricatura de una o la otra. De hecho, toda ideología mezcla, a menudo de manera inextricable, elementos de conocimiento (y por tanto de verdad) con errores, elementos de ilusión y, a veces, incluso mentiras descaradas, teniendo la crítica de la ideología en particular la función de explicar las razones de una mezcla y clase tan impura a través de sus elementos. En cuanto a la ciencia, no siempre está libre de ideologías, de las cuales un cierto cientificismo es el más común.
 
3. La coherencia de la visión neoliberal del mundo
El objetivo de este artículo es demostrar la naturaleza profundamente ideológica del neoliberalismo. Por tanto, no puede volver a sus orígenes ni a su génesis, a los que se han dedicado sólidos estudios (Halimi, 2004). Lo considera como un sistema constituido sin tener en cuenta su proceso de constitución, que será mencionado más adelante sólo de manera alusiva, en relación con la inserción del neoliberalismo en la fase actual de la lucha de clases.
También tuve la oportunidad de resaltar en detalle la profunda coherencia del neoliberalismo como representación del mundo social actual en su conjunto (Bihr, 2007). Esta coherencia se manifiesta en primer lugar en su arquitectura conceptual. La piedra angular es una concepción muy singular de la individualidad, que presupone que el individuo puede ser, e incluso debe ser, una especie de átomo de organización social, una realidad tanto primera como última, a partir de la cual se construye toda esta organización. En otras palabras, el neoliberalismo, al igual que su antepasado, el liberalismo clásico, que tomó forma sólida en los siglos XVII y XVIII, parte de una concepción fundamentalmente individualista del individuo, de sus relaciones con el mundo, con los demás y con él. -incluso. Este individualismo se ve además redoblado por la definición dada por el (neo) liberalismo1 como sujeto: el (neo)liberalismo1 naturaliza y esencializa (operaciones ideológicas si las hay) lo que he llamado la subyugación de los individuos en y por el capitalismo, es decir, el mandato hecho a los individuos, en el marco de las relaciones de producción capitalistas y de las instituciones que de ellas se derivan, a comportarse en todas las circunstancias como sujetos en el sentido de seres autónomos, capaces de actuar, de decidir y pensar por sí mismos, basándose únicamente en su propia determinaciones. El neoliberalismo representa así al individuo como sujeto económico (propietario privado de su persona y de su propiedad), como sujeto jurídico (sujetos de derechos personales inalienables a partir de los cuales puede y debe establecer relaciones contractuales con otros individuos y la sociedad en su conjunto), como sujeto ético (dotado de una dignidad que debe ser respetada por los demás y respetar la dignidad de los demás), como sujeto político (como ciudadano con derecho a contribuir a la formación de la sociedad común y sujeto a la obligación de someterse a él), finalmente como sujeto filosófico (como ser racional).
En torno a esta piedra angular del discurso (neo)liberal se ordena una primera tríada de conceptos que sólo despliegan los atributos esenciales de la individualidad así concebida, y que constituye toda la base de este discurso, que en cierto modo le proporciona sus motivos fundamentales, esos en torno al cual se organizarán sus textos canónicos. Esta tríada articula los conceptos de propiedad (privada), libertad (individual) e igualdad (formal). La única forma de apropiación legítima con respecto al (neo)liberalismo es de hecho la propiedad privada individual, aunque sea la apropiación de los productos del trabajo socializado, conjugando los esfuerzos de millones de individuos y el resultado de la acumulación de decenas de generaciones. Asimismo, la única libertad que vale la pena es la del individuo, reducida a la expresión y al respeto de su autonomía, su capacidad de pensar y actuar por sí mismo; las libertades colectivas (por ejemplo, las libertades públicas) se conciben en el mejor de los casos sólo como un desarrollo de la anterior. En cuanto a la igualdad, lo único que le importa al (neo)liberalismo es la igualdad jurídica y cívica, la igualdad del individuo ante la ley y la ley, perfectamente compatible con las más extremas desigualdades de condición social (desigualdades en términos de tener, poder o conocimiento).
Una segunda tríada complementa y consolida la anterior articulando los tres conceptos de mercado (competitivo), sociedad civil y Estado (de derecho). En cierto sentido, estos tres nuevos conceptos definen el marco sociopolítico dentro del cual se supone que pueden desplegarse los atributos previos del individuo subyugado. Por tanto, definen las categorías fundamentales a partir de las cuales el neoliberalismo piensa en la sociedad global. Para él, se trata ante todo de un mercado en el que los individuos pueden y deben desarrollar su capital, aunque se reduzca a su propia persona (de ahí el tema del 'capital humano'), exigiendo a cada uno que se convierta en un emprendedor de sí mismo. La sociedad global también se concibe como sociedad civil, resultado de la contractualización de todas las relaciones sociales, incluidas las relaciones de explotación, dominación y dependencia, presuponiendo la autonomía de la voluntad del individuo en todas las circunstancias, incluso cuando es claramente aniquilada por la voluntad de las condiciones de existencia de este último (cf. políticas de workfare). Finalmente, la sociedad global se concibe desde la categoría de Estado de derecho, un Estado reducido a solo funciones soberanas capaces de garantizar la fluidez del movimiento de mercancías y la ejecución de los contratos, sin pretender involucrarse en una mayor regulación de uno u otro, o para regular su movimiento global que se supone produce por sí mismo las condiciones de su homeostasis.
La coherencia de la arquitectura conceptual del discurso neoliberal se redobla, a nivel formal, por la sistematización de sus procedimientos retóricos que he tratado de mostrar y que surgen de dos de las operaciones básicas de lo que, en su famosa novela de política-ficción 1984, Georges Orwell llamó al Newspeak. Por un lado, la inversión del sentido corriente de los términos empleados: la sustitución de su propio sentido por el sentido de su opuesto, de su antónimo. El mismo Orwell imaginó algunos ejemplos que siguen siendo famosos en su novela. Las tres consignas principales utilizadas por el partido único en el poder en Oceanía se basan, por tanto, en tal inversión de sentido: "La guerra es paz", "La libertad es esclavitud", "La ignorancia es fuerza". Lo mismo hace el neoliberalismo cuando se trata, por ejemplo, de llamar igualdad (formal) a las peores desigualdades (reales), de presentarlas bajo la máscara del mercado (considerado competitivo), que nunca es más que el efecto del monopolio del capital, y nombrar la propiedad al sistema de expropiación generalizada instituido por este último.
El segundo recurso retórico al que recurre habitualmente el discurso neoliberal es la obliteración del significado. Proceso a la vez opuesto y complementario al anterior, no consiste en imponer el uso de un término o un significado al amparo de un término o de un significado contrario, sino en hacer inaccesible, impracticable o impracticable un significado a través de otro que lo obstaculiza o apantalla. Es decir, ya no se trata de imponer pensar según determinados términos, sino, por el contrario, de impedir que se piense según determinados términos, de prohibir determinadas palabras y, a través de ellas, determinados conceptos y, por tanto, determinados. Los análisis teóricos que incluyen estos conceptos son los instrumentos. Así se hace uso de la noción de 'capital humano' (que corresponde a todos desarrollar lo mejor que puedan) para que ya no podamos razonar en términos de mano de obra que su mercantilización dedica a la explotación. O, como es el caso hoy, organizamos un revuelo mediático en torno a la deuda pública y su crecimiento supuestamente catastrófico, haciendo olvidar que es solo el reverso del crédito público, es decir, de la operación que consiste para determinadas categorías sociales en prestar al Estado parte de sus ahorros a los que este último tendría derecho y podría retirar de ellos en forma de impuestos.
 
4. La eficacia política del neoliberalismo
La coherencia arquitectónica del discurso liberal reforzada por el carácter metódico de sus procedimientos retóricos lo ha convertido en una formidable máquina de guerra política durante las últimas tres décadas. Implementadas originalmente por los gobiernos de la Sra. Thatcher en el Reino Unido y luego por el Sr. Reagan en los Estados Unidos a principios de la década de 1980, las políticas neoliberales se han vuelto universales, apareciendo en la agenda de casi todos los gobiernos del planeta, en el Este (desde 1990) como en Occidente, en el Sur como en el Norte, a escalas y tasas que varían sin embargo de un Estado o grupo de Estados a otro, siendo su universalización impuesta también por organismos financieros internacionales como el Banco o Fondo Monetario Internacional. La adopción de estas políticas en todas partes constituyó una ruptura real con los paradigmas políticos anteriores, a veces correspondientes a brutales transformaciones de los regímenes políticos (pensemos, por ejemplo, en el colapso de los llamados regímenes socialistas en Europa del Este o en el establecimiento de dictaduras militares como en Chile y Argentina). Dejó así claro que correspondía a una nueva página en la historia política y en la historia misma. Y es de hecho en el sentido de que fueron concebidos por sus autores y sus intérpretes.
Queda fuera del alcance de este artículo analizar las circunstancias sociopolíticas que permitieron el triunfo de estas políticas, presentar los detalles de sus medidas y menos aún realizar una valoración crítica. Esto se ha hecho y se ha hecho bien por otros autores (Halimi, 2004). Bastará aquí mostrar que estas políticas han encontrado precisamente su matriz al mismo tiempo que su justificación en el discurso neoliberal.
Este discurso así designó y asignó sus principales objetivos así como sus objetivos generales, proporcionándoles de alguna manera su programa. El principal de estos objetivos, el estado; más exactamente el tipo de estado intervencionista nacido de las reformas políticas que hicieron posible salir de la "Gran Depresión" de la década de 1930 y sentar las bases institucionales para los "Treinta Gloriosos" que siguieron. Todos estos son aspectos de este estado que han sido sistemáticamente atacados y desmantelados en diversos grados por las políticas neoliberales, dando así en todas partes el asombroso espectáculo de gobernantes amargados contra la maquinaria gubernamental: contra el estado emprendedor por parte del gobierno, cuyas partes no rentables se liquidan por completo y se privatizan las rentables; contra el estado del bienestar, es decir, los sistemas públicos de protección social, cuyo alcance y grado de protección se reducen en todas partes, para dar cabida al seguro privado, al menos para quienes tienen ingresos suficientes para utilizarlo; contra el Estado que regula los mercados (mercados de bienes y servicios, mercado de trabajo y mercado de capitales), finalmente, la regulación que permite operar esta regulación ha sido abolida o debilitada considerablemente para permitir el libre juego del mercado, supuestamente para operar. El objetivo en todas partes es contener al estado dentro de los límites y la forma de ese estado mínimo que es la única figura del estado que los neoliberales toleran como un mal necesario. Qué programa mínimo de Estado culmina obviamente en el deseo de contener el aumento de los gravámenes obligatorios, o incluso de hacer recortes más o menos claros en estos últimos, aunque signifique amplificar la deuda del Estado que aliena un poco más su capacidad de acción cada día.
Contra el Estado, se trata de promover no solo el mercado sino también la sociedad civil. Aquí nuevamente, siguiendo en esto completamente la inspiración del discurso neoliberal, en muchas áreas la ley habrá tenido que ceder el paso al contrato que se considera negociado libremente entre individuos que afirman recíprocamente sus reclamos y prevalecen sus intereses en igualdad de condiciones. La relación salarial ha sufrido especialmente este tipo de transformación: según el estado, la normativa legal o contractual se ha aligerado considerablemente o incluso se ha alejado de las condiciones de contratación, empleo y despido; se han reducido o incluso abolido los umbrales salariales mínimos legales o contractuales; se han desmantelado las estructuras centralizadas de negociación de las condiciones salariales para reemplazarlas por la negociación individual de mutuo acuerdo entre empleadores y empleados; hay una tendencia a individualizar cada vez más la relación salarial y el salario, etc. Evidentemente, no es necesario señalar cuánto ha llevado esto a un mayor desequilibrio en el equilibrio de poder entre empleadores y empleados, capital y trabajo.
En la misma línea, la preferencia dada a la sociedad civil sobre el Estado lleva a justificar que las misiones que antes se encomendaban o que debían haber recaído en el segundo ahora se asignen a actores del primero (empresas, asociaciones, familias o simples particulares), los gobernantes encontrando en la exaltación de la autonomía de los individuos o en el recordatorio de su necesario sentido de responsabilidad (estos son los dos rostros indisolubles de lo que nombré antes de su sometimiento) la justificación para el retiro del Estado de las misiones de servicio público. Hoy abundan los ejemplos de este tipo de transferencia propugnada por el discurso neoliberal e implementada por políticas inspiradas en él. Se trata, por ejemplo, de empresas de trabajo temporal a las que se confía la colocación de determinadas categorías de desempleados, a los que el servicio público de empleo no atiende o ya no puede atender; estas son las clínicas privadas, para las que se reserva la atención más lucrativa mientras se asfixia económicamente al hospital público; son empresas privadas, con ánimo de lucro íntegramente, a las que se encomienda la función penitenciaria, o incluso de misiones militares. Y muestra que los neoliberales no dudan en confiar el capital incluso a las llamadas funciones soberanas del Estado. Se trata de asociaciones a las que confiamos el cuidado de la creación y gestión de las guarderías, de manera que permitan a los padres (en realidad, principalmente a las madres) el ejercicio de actividades profesionales, al tiempo que cierran las guarderías públicas donde las capacidades de acogida en las escuelas infantiles se ven restringidas por la eliminación de la docencia publicaciones. Son las familias (y aquí nuevamente las mujeres son los primeros objetivos) a quienes se les hace sentir culpables por la suerte de los ancianos, a quienes se les ordena cuidar, la extensión del campo de la protección social por parte de la institución de larga data. El seguro de cuidados a término no está obviamente en la agenda de las políticas que trabajan simultáneamente para restringir este campo. Finalmente, son los desempleados de larga duración y los "excluidos" del empleo a los que se les pide que se movilicen más para demostrar su buena voluntad, aceptando cualquier fragmento de actividad bajo cualquier condición que, en su defecto, no existe.
A pesar de su número limitado, los ejemplos anteriores sugieren, sin embargo, que el discurso neoliberal no sólo ha inspirado una (contra)revolución política (llamada por él "reforma") sino, de manera mucho más amplia y profunda, lo que se necesita, "revolución cultural". Más allá del campo de la acción gubernamental y del ámbito propiamente político donde ha logrado imponer un nuevo paradigma, es en todos los campos sociales y esferas de la práctica social donde el neoliberalismo intenta hoy instaurar, naciendo literalmente una nueva figura antropológica. Y este "hombre nuevo" no es otro que el que se ajusta en todos los sentidos al modelo de individuo privado que hemos visto constituye la piedra angular de la concepción neoliberal del mundo social. De este individuo convencido, para usar la famosa palabra de Margaret Thatcher, de que "la sociedad no existe"2, que solo hay individuos, cada uno impulsado por su interés egoísta, que solo se vinculan contractualmente entre sí solo con el propósito de preservar su persona y hacer prosperar su propiedad privada, sobre la base de la plena libertad de juicio y de su voluntad y en la perfecta igualdad de derechos entre ellos. En resumen, individuos que no tienen nada más en común que el sistema de relaciones económicas y legales perfectamente impersonales y cosificadas que comúnmente se denominan mercados. Cada uno por sí mismo y el mercado para todos: este es el mundo que las políticas inspiradas en el neoliberalismo nos están preparando o, al menos, buscan preparar.
 
5. Neoliberalismo, transnacionalización y hegemonía del capital financiero
Resta, para concluir nuestra demostración del carácter ideológico del neoliberalismo, determinar cuál es el grupo social cuyos intereses representa (tanto legitimándolos como disfrazándolos). Para allanar el camino que conduce a la respuesta a esta pregunta, si no para responderla exhaustivamente, procedamos de una manera un tanto policial, inspirándonos en el adagio latino: Is fecit cui prodest. ¿De quién se benefician las políticas neoliberales?
De esta forma, la pregunta requiere una respuesta inmediata, porque es obvia. De hecho, es evidente que todas las políticas anteriores, de las que acabamos de ver hasta qué punto encuentran su matriz programática, su código genético de alguna manera, en el discurso neoliberal, están destinadas a defender los intereses del capital por sí mismo, tomando de esos trabajadores asalariados, ya sea en su trabajo o fuera de su trabajo. Siguiendo este camino, se llega a un primer elemento de respuesta: el neoliberalismo sería la ideología actual de la clase capitalista en su conjunto o, si se prefiere una terminología más tradicional, la ideología de la burguesía.
Este elemento de la respuesta, aunque no es despreciable, no es ni satisfactorio ni suficiente. En efecto, el liberalismo clásico en su conjunto ya ha sabido entenderse a sí mismo como la ideología de la burguesía, la visión del mundo que esta clase de comerciantes, financieros, industriales, luego industriales, forjó a lo largo de los años. de la Edad Media europea a la "revolución industrial" e incluso más allá, poco a poco conquistó un lugar dominante dentro de las relaciones de producción, de la sociedad civil y finalmente del Estado al derribar todo el edificio de la sociedad heredado del feudalismo. Durante esta lucha de clases, librada en las distintas naciones europeas de las que simultáneamente dio origen, el liberalismo sirvió de arma contra la aristocracia terrateniente, las monarquías absolutas, la Iglesia católica, antes de llegar al poder no la vuelve contra una nueva enemigo, nacido de los propios flancos de la sociedad capitalista, el proletariado y el naciente movimiento obrero. No es de extrañar entonces que encontremos a la burguesía trabajando detrás y a través del neoliberalismo.
Excepto que esta no es la "misma" burguesía el neoliberalismo es estrictamente idéntico al liberalismo clásico. Mientras tanto, se ha producido una ruptura importante en la continuidad en la historia de ambos. Este paréntesis histórico abarca buena parte del siglo XX, desde la quiebra del liberalismo clásico bajo el efecto de las dos guerras mundiales, la "Gran Depresión" de los años 30 y el triunfo de los totalitarismos en Europa hasta el surgimiento de las políticas neoliberales en Europa a finales de la década de 1970. Durante este paréntesis histórico, hemos visto a las propias burguesías (salvo algunos elementos minoritarios dentro de ellas) abandonar el liberalismo clásico para unirse a fórmulas ideológicas que rompen en muchos puntos con este último. En todos los estados capitalistas avanzados, en Europa Occidental, en los Estados Unidos, en Australia, en Japón, con inflexiones a veces notables, el discurso dominante, retomado no solo por los círculos patronales, los gobernantes (ya sean de izquierda o de derecha) e incluso la mayoría de los dirigentes sindicales, se inspiraron entonces en una fórmula que exaltaba el compromiso entre capital y trabajo en un contexto de regulación y regulación de la economía capitalista en el marco de los Estados-nación. En las naciones jóvenes del antiguo Tercer Mundo, en su mayor parte antiguas colonias de los estados anteriores que luego accedían a la independencia, las burguesías nacionales emergentes afirmaban tener un nacionalismo revolucionario más o menos socializador que, de nuevo, pretendía dominar el Estado, quien juega un papel como motor de crecimiento económico y desarrollo social. Y, en estas condiciones, a pesar de la "guerra fría" y la feroz competencia ideológica entre ellos, el Oriente "socialista" y el Occidente capitalista presentaron similitudes que hicieron que más de uno diagnosticara su convergencia en el término3.
Esta solución de continuidad en las relaciones históricas entre burguesía y liberalismo obliga a afinar el anterior elemento de respuesta, explicando el nuevo retroceso ocurrido a fines de los años 1970. Las dimensiones de este artículo sólo me permiten entregar mis conclusiones despojadas de todo el aparato de análisis y argumentación, remitiendo al lector curioso de esta última a lo que he dicho en otras obras (Bihr, 1991, sin datos; Bihr, 2006, 9-17; Bihr, 2007, 133-140 y 147-164). El vuelco de finales de la década de 1970 debe explicarse en el contexto de una crisis, en la que entró el modo de producción capitalista durante esta misma década después de tres décadas de crecimiento casi continuo (las famosas "Trente Glorieuses"). Esta crisis conduce a la ruptura del compromiso entre el capital y el trabajo sobre el que se fundaba este último y, más ampliamente, al abandono por parte de la burguesía del modelo de un capitalismo regulado en y por el marco reforzado de los Estados-nación. El capital se compromete entonces a "liberarse" de este marco, sin lograrlo por completo, iniciando así un proceso indebidamente llamado "mundialización" (o "globalización") y que es mucho más apropiado llamar transnacionalización. Esto afectó a todas las fracciones del capital pero, ante todo, a su fracción financiera, que tomó la iniciativa, la llevó lo más lejos posible (es esta fracción de capital la que más completamente rompió con cualquier vínculo nacional como, más ampliamente, con cualquier anclaje territorial) y que proporcionaba la dirección general, sin controlarla. En definitiva, la transnacionalización del capital ha ido acompañada de una reorganización del equilibrio de poder entre las distintas fracciones del propio capital, al permitir que la fracción financiera imponga su hegemonía sobre las fracciones industrial y comercial: en y a través del proceso de transnacionalización, el capital financiero impone sus intereses sobre otras fracciones del capital (en el sentido de que pueden oponerse al suyo) y unifica todo el capital frente a otras clases sociales (Chesnais, 1997; Chesnais, 2004). Esto nos permite aclarar la respuesta a nuestra pregunta en estos términos: el neoliberalismo es la ideología de la fracción financiera del capital y su hegemonía sobre todo el capital en la fase actual de transnacionalización de las relaciones capitalistas de producción.
 
6. Conclusión
Por tanto, no hay duda sobre el carácter ideológico del neoliberalismo: satisface perfectamente todas las condiciones que constituyen una ideología. Agreguemos como conclusión que el neoliberalismo es aún hoy, sin duda, no sólo la ideología dominante en el campo político, sino también la única ideología verdaderamente constituida dentro de este campo: por el momento no tiene un rival digno de denominarse ideología. Es ese "pensamiento único" tan a menudo denunciado por sus opositores y opositores sin que hasta ahora hayan podido oponerse a una o más ideologías alternativas. Esto obviamente lo fortalece al permitirle ocultar, al mismo tiempo, su carácter ideológico. El triunfo actual de la ideología neoliberal se está produciendo, por tanto, bajo el disfraz de este fin a menudo anunciado de las ideologías.

Notas
1 Utilizo la ortografía (neo)liberalismo siempre que quiero enfatizar que la proposición presentada es válida conjuntamente para el neoliberalismo y su antepasado liberalismo clásico.
2 En una entrevista con Douglas Keay en la revista Women's Own, 31 de octubre de 1987.
3 Cfr. Entre otros Raymond Aron, Dieciocho lecciones sobre sociedad industrial, París, Gallimard, 1963; y John K. Galbraith, Le Nouvel Etat industrielle [1967], París, Gallimard, 1968.
 
Bibliografía
Bihr Alain (1991), Du Grand Soir à l’alternative. Le mouvement ouvrier européen en crise, Paris: Éditions Ouvrières (Éditions de l’Atelier).
Bihr Alain (2006), La préhistoire du capital. Le devenir-monde du capitalisme I, Lausanne: Éditions Page deux.
Bihr Alain (2007), La novlangue néolibérale. La rhétorique du fétichisme capitaliste, Lausanne: Éditions Page deux.
Chesnais François, (1997) La mondialisation du capital, Paris, Syros, 2e édition.
Chesnais François (coord.) (2004), La finance mondialisée, racines sociales, configuration et conséquences, Paris: La Découverte.
Halimi Serge (2004), Le Grand Bond en arrière. Comment l’ordre libéral s’est imposé au monde, Paris: Fayard.
Husson Michel (1996), Misère du capital. Une critique du néolibéralisme, Paris: Syros.
Husson Michel (2001), Le grand bluff capitaliste, Paris: La Dispute.
 
Publicado en Revista Semen, Número 30, Año 2011, pág. 43-56. 
https://journals.openedition.org/semen/8960

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