La ideología neoliberal
La ideología neoliberal
Alain Bihr
Resumen
Toda ideología incluye un momento teórico (es un discurso coherente con
tendencia totalizadora), un momento práctico o pragmático (establece una
axiología que posibilita una acción efectiva de orden político, moral o
ético dentro del mundo social), finalmente un momento apologético
(justifica la situación social, las acciones o los proyectos políticos
de una determinada agrupación social). A partir de esta definición, el
artículo establece que el neoliberalismo satisface estas tres
condiciones y que, por tanto, constituye una ideología, hoy no sólo
dominante sino, sin duda, única dentro del campo político.
I. Introducción
Bien podría confesarlo de inmediato: el título de nuestro artículo es
problemático porque moviliza dos nociones, la de ideología y la de
neoliberalismo, las cuales plantean inmediatamente preguntas y
objeciones. Por haberse impuesto en el debate público en los últimos
años, fundamentalmente como blanco de sus detractores, y por haber dado
ya lugar a una amplia literatura, el neoliberalismo sigue planteando un
problema, en primer lugar en su definición. ¿Qué queremos decir
exactamente con este término? ¿Cuáles son los contornos y el contenido?
¿Qué hace posible unificar bajo un mismo término, mejor: un mismo
concepto, discursos, políticas, prácticas, conceptos, valores, etc.,
provenientes de diversos horizontes, contenidos en contextos muy
sociopolíticos? Contrastados, apoyados por individuos, grupos ,
organizaciones, instituciones a veces sin vínculos aparentes? ¿Hay algo
más que un efecto de amalgama y atajo que, si puede satisfacer al
tribuno y al activista, debe al menos ser sospechado a priori por el
investigador?
Y la sospecha se redobló inevitablemente en el uso del segundo término
de nuestro título, el de ideología. Término connotado si lo hay, que
apunta inmediatamente a una cierta tradición teórica y política, el
marxismo por no nombrarla, que lo ha desgastado hasta el punto de que su
reanudación es inevitablemente problemático. ¿Podemos seguir usando el
concepto de ideología de otra manera que no sea de una manera…
ideológica? Si la pirueta anterior sugiere que quizás no sea tan fácil
deshacerse de este concepto para siempre, queda pendiente la exigencia
de (re) definir el significado y las condiciones de su uso, que
respondan a las exigencias de rigor y relevancia científica.
Nuestro artículo no pretende evadir todas estas obligaciones. ¿Qué es
una ideología en general? ¿En qué sentido y en qué medida podemos hablar
de ideología neoliberal? ¿Cuáles son las ventajas de utilizar el
concepto de ideología para analizar el discurso neoliberal? Por el
contrario, ¿qué nos puede decir el análisis de este discurso sobre la
naturaleza y el funcionamiento de las ideologías en general? Estas son
algunas de las preguntas que servirán de hilo conductor pero a las que
este artículo solo puede pretender dar algunas respuestas.
2. Revisión del concepto de ideología
Como se entiende aquí, el concepto de ideología se refiere a los usos
inaugurados por Friedrich Engels y Karl Marx en un manuscrito publicado
póstumamente, la famosa Ideología alemana, escrito entre 1845 y 1846.
Uno y otros debían usar el término con frecuencia a partir de entonces,
sin embargo sacrificando siempre el requisito académico de su definición
formal. Además, no es seguro que estuvieran en posesión de tal
definición o incluso en la capacidad de producirla, ya que se trata de
un concepto del cual de alguna manera estaban descubriendo las
posibilidades al andar o lo trabajaron y probaron desde el análisis de fenómenos ideológicos concretos, de determinados objetos
ideológicos. Además, dependiendo de los contextos de su uso y de los
objetos a los que lo aplicaron, Engels y Marx enfatizaron una u otra
faceta del concepto, a veces hasta eclipsar a todas las demás. Esto
también puede explicar los debates entre marxistas a los que puede haber
dado lugar este concepto, que no siempre han ayudado a aclararlo, sino todo contrario.
Quizás haya una razón inmediata para esta falta de definición del
concepto de ideología entre sus creadores. Es que se trata de un
concepto complejo, con múltiples facetas y múltiples articulaciones, que
por tanto se presta mal a una definición sintética simple, que no es
reductiva. No obstante, si queremos probar suerte con esa definición,
podemos decir que una ideología es un sistema cultural (en el sentido
antropológico de la palabra), cuyo núcleo está constituido por una
concepción del mundo que es a la vez abarcadora y global, coherente, que
implica un programa de acción sobre el mundo y, por tanto, también una
axiología, y cuya función esencial es justificar la situación, los
intereses o los proyectos de una determinada agrupación social. Esta
definición enfatiza deliberadamente tres momentos (en el sentido de
elementos constitutivos) que son todos condiciones necesarias para la
constitución de una ideología.
El primer momento de cualquier ideología puede llamarse teórico. Si
ninguna ideología puede reducirse a un discurso, como volveré a tener la
oportunidad de insistir, su corazón es ciertamente discursivo, como
sugiere la etimología de la palabra. Sin embargo, es probable que no
todo discurso constituya una ideología; para eso debe tener algunas
cualidades. Por un lado, debe abarcar una cierta extensión o amplitud de
campo, ya sea en el límite que abarca (o totaliza) el objetivo o la
pretensión (correcta o incorrecta) de alcanzar la realidad como un todo.
Por tanto, una simple opinión o una idea bien argumentada no constituye
en sí misma una ideología, aunque pueda estar inspirada y sustentada
por uno o incluso varios sistemas ideológicos.
Por otro lado, para ser ideológico, un discurso debe estar dotado de
cierta coherencia. Tampoco un simple conjunto de opiniones o incluso
tesis disociadas constituyen una ideología. Lo que se requiere de una
ideología, sin embargo, no es esta coherencia formal y rígida que se
limita a la repetición estéril de fórmulas canónicas y que, de hecho, se
mantiene a raya por la contradicción de argumentos o hechos. Se espera
mucho más de esta coherencia, hecha de flexibilidad y adaptabilidad, que
permite que una ideología varíe según las circunstancias y, por tanto,
perdure. Una ideología debe ser una matriz constante de nuevas ideas
para mantenerse viva.
Sin embargo, ninguna de estas dos cualidades exigidas a una ideología
debe sobreestimarse. No toda ideología es necesariamente lo que
comúnmente se llama una cosmovisión, y mucho menos una filosofía. Hay
ideologías que pueden calificarse de parciales o sectoriales que, sin
embargo, deberán ser completas en relación con su campo: pretenden
tratar sólo un campo en particular pero deben abarcarlo como un todo.
Asimismo, cualquier ideología es presa de contradicciones internas cuya
coherencia es difícil de ocultar y contener.
El segundo momento de cualquier ideología puede, a diferencia del
anterior, llamarse práctico o pragmático. Si una ideología no es solo un
discurso, es en particular porque esperamos que implique la posibilidad
de actuar en/sobre el mundo de manera eficiente: debe decirnos no
solo qué es (o se supone que es el mundo), sino también qué debemos y
podemos hacer al respecto, cómo y por qué tenemos que actuar en él. En
otras palabras, una ideología es también siempre, en cierto sentido, un
programa de acción, dependiendo de lo político, moral, ético, educativo,
etc., o todos a la vez. Es por esto que, además, toda ideología tiende a
realizarse y activarse en comportamientos, actitudes, prácticas y usos,
individuales o colectivos, formas de organización social e
instituciones, y consecuentemente también normas y estándares ideales,
con toda una economía de afectos, y de los sentimientos asociados con
estas determinaciones prácticas. Una ideología siempre implica no solo
una representación de lo que es el mundo, sino también una imagen de lo
que debería ser, acompañada del proyecto de realizarlo, de conformar el
mundo a esa imagen. En este sentido, la ideología sigue siendo tan
axiológica como siempre y, en ocasiones, puede volverse utópica, al (re)
presentarnos el modelo de un mundo ideal.
Finalmente, no hay ideología sin un tercer momento que pueda llamarse
apologético. Con esto quiero decir que cualquier ideología se presenta
siempre como la justificación o incluso la idealización de la situación,
de los intereses, de las acciones, de las posiciones y/o de las
propuestas, de los proyectos de un grupo social (según el caso: una
categoría social, un estrato social, una clase social o una fracción de
una clase, un bloque social formado por la alianza de varias clases
sociales, una nación, una coalición de naciones, etc.), atrapados en
relaciones complejas (de alianza, competencia, rivalidad, lucha, etc.)
con otras agrupaciones, una justificación que tiene la función de
permitir que esta agrupación logre sus fines. En este sentido, cualquier
ideología es siempre una defensa fundamentalmente pro domo.
Es la presencia de este momento apologético lo que da al concepto de
ideología su significado crítico: denunciar (porque es entonces en estos
términos que operamos) un discurso como ideológico equivale a demostrar
que nunca es como máscara e instrumento de intereses, acciones,
proyectos, etc., de un grupo en particular al que refuerza su
legitimidad. En consecuencia, también suele ser este momento el que
habremos privilegiado en la definición, la aprehensión y el tratamiento
de las ideologías, al tender a reducir una ideología a la visión del
mundo propia de una determinada agrupación social, destinada a
justificar en función de los caso, las posiciones que este grupo ocupa
en el mundo social, o las acciones que allí emprende para mantener,
consolidar o, por el contrario, transformar y mejorar sus posiciones.
Con respecto a esta concepción reduccionista, nuestra definición
pretende, por el contrario, reforzar la autonomía de los otros dos
momentos, teórico y pragmático, de la ideología, autonomía sin la cual,
además, la función apologética de la ideología sería incomprensible.
Nuestra definición también permite relativizar la importancia de la
cuestión de las relaciones de la ideología con la verdad, por tanto con
la ciencia, en torno a la cual se ha centrado el debate sobre este
concepto, en particular en la década de 1960 bajo la influencia de la
escuela althusseriana. Porque esta pregunta concierne a lo sumo el único
primer momento de cualquier ideología, su momento teórico. Además, a la
vista de nuestra definición, se entenderá que estas relaciones solo
pueden ser eminentemente complejas y que cualquier oposición aguda entre
ciencia (verdad) e ideología solo puede ser una caricatura de una o la otra. De hecho, toda ideología mezcla, a menudo de manera
inextricable, elementos de conocimiento (y por tanto de verdad) con
errores, elementos de ilusión y, a veces, incluso mentiras descaradas,
teniendo la crítica de la ideología en particular la función de explicar
las razones de una mezcla y clase tan impura a través de sus
elementos. En cuanto a la ciencia, no siempre está libre de ideologías,
de las cuales un cierto cientificismo es el más común.
3. La coherencia de la visión neoliberal del mundo
El objetivo de este artículo es demostrar la naturaleza profundamente
ideológica del neoliberalismo. Por tanto, no puede volver a sus orígenes
ni a su génesis, a los que se han dedicado sólidos estudios (Halimi,
2004). Lo considera como un sistema constituido sin tener en cuenta su
proceso de constitución, que será mencionado más adelante sólo de manera
alusiva, en relación con la inserción del neoliberalismo en la fase
actual de la lucha de clases.
También tuve la oportunidad de resaltar en detalle la profunda
coherencia del neoliberalismo como representación del mundo social
actual en su conjunto (Bihr, 2007). Esta coherencia se manifiesta en
primer lugar en su arquitectura conceptual. La piedra angular es una
concepción muy singular de la individualidad, que presupone que el
individuo puede ser, e incluso debe ser, una especie de átomo de
organización social, una realidad tanto primera como última, a partir de
la cual se construye toda esta organización. En otras palabras, el
neoliberalismo, al igual que su antepasado, el liberalismo clásico, que
tomó forma sólida en los siglos XVII y XVIII, parte de una concepción
fundamentalmente individualista del individuo, de sus relaciones con el
mundo, con los demás y con él. -incluso. Este individualismo se ve
además redoblado por la definición dada por el (neo) liberalismo1 como
sujeto: el (neo)liberalismo1 naturaliza y esencializa (operaciones
ideológicas si las hay) lo que he llamado la subyugación de los
individuos en y por el capitalismo, es decir, el mandato hecho a los
individuos, en el marco de las relaciones de producción capitalistas y
de las instituciones que de ellas se derivan, a comportarse en todas las
circunstancias como sujetos en el sentido de seres autónomos, capaces
de actuar, de decidir y pensar por sí mismos, basándose únicamente en su
propia determinaciones. El neoliberalismo representa así al individuo
como sujeto económico (propietario privado de su persona y de su
propiedad), como sujeto jurídico (sujetos de derechos personales
inalienables a partir de los cuales puede y debe establecer relaciones
contractuales con otros individuos y la sociedad en su conjunto), como
sujeto ético (dotado de una dignidad que debe ser respetada por los
demás y respetar la dignidad de los demás), como sujeto político (como
ciudadano con derecho a contribuir a la formación de la sociedad común y sujeto a la obligación de someterse a él), finalmente como
sujeto filosófico (como ser racional).
En torno a esta piedra angular del discurso (neo)liberal se ordena una
primera tríada de conceptos que sólo despliegan los atributos esenciales
de la individualidad así concebida, y que constituye toda la base de
este discurso, que en cierto modo le proporciona sus motivos
fundamentales, esos en torno al cual se organizarán sus textos
canónicos. Esta tríada articula los conceptos de propiedad (privada),
libertad (individual) e igualdad (formal). La única forma de apropiación
legítima con respecto al (neo)liberalismo es de hecho la propiedad
privada individual, aunque sea la apropiación de los productos del
trabajo socializado, conjugando los esfuerzos de millones de individuos y
el resultado de la acumulación de decenas de generaciones. Asimismo, la
única libertad que vale la pena es la del individuo, reducida a la
expresión y al respeto de su autonomía, su capacidad de pensar y actuar
por sí mismo; las libertades colectivas (por ejemplo, las libertades
públicas) se conciben en el mejor de los casos sólo como un desarrollo
de la anterior. En cuanto a la igualdad, lo único que le importa al
(neo)liberalismo es la igualdad jurídica y cívica, la igualdad del
individuo ante la ley y la ley, perfectamente compatible con las más
extremas desigualdades de condición social (desigualdades en términos de
tener, poder o conocimiento).
Una segunda tríada complementa y consolida la anterior articulando los
tres conceptos de mercado (competitivo), sociedad civil y Estado (de
derecho). En cierto sentido, estos tres nuevos conceptos definen el
marco sociopolítico dentro del cual se supone que pueden desplegarse los
atributos previos del individuo subyugado. Por tanto, definen las
categorías fundamentales a partir de las cuales el neoliberalismo piensa
en la sociedad global. Para él, se trata ante todo de un mercado en el
que los individuos pueden y deben desarrollar su capital, aunque se
reduzca a su propia persona (de ahí el tema del 'capital humano'),
exigiendo a cada uno que se convierta en un emprendedor de sí mismo. La
sociedad global también se concibe como sociedad civil, resultado de la
contractualización de todas las relaciones sociales, incluidas las
relaciones de explotación, dominación y dependencia, presuponiendo la
autonomía de la voluntad del individuo en todas las circunstancias,
incluso cuando es claramente aniquilada por la voluntad de las condiciones de existencia de este último (cf. políticas de workfare). Finalmente, la
sociedad global se concibe desde la categoría de Estado de derecho, un
Estado reducido a solo funciones soberanas capaces de garantizar la
fluidez del movimiento de mercancías y la ejecución de los contratos,
sin pretender involucrarse en una mayor regulación de uno u otro, o para
regular su movimiento global que se supone produce por sí mismo las
condiciones de su homeostasis.
La coherencia de la arquitectura conceptual del discurso neoliberal se
redobla, a nivel formal, por la sistematización de sus procedimientos
retóricos que he tratado de mostrar y que surgen de dos de las operaciones
básicas de lo que, en su famosa novela de política-ficción 1984,
Georges Orwell llamó al Newspeak. Por un lado, la inversión del sentido
corriente de los términos empleados: la sustitución de su propio sentido
por el sentido de su opuesto, de su antónimo. El mismo Orwell imaginó
algunos ejemplos que siguen siendo famosos en su novela. Las tres
consignas principales utilizadas por el partido único en el poder en
Oceanía se basan, por tanto, en tal inversión de sentido: "La guerra es
paz", "La libertad es esclavitud", "La ignorancia es fuerza". Lo mismo
hace el neoliberalismo cuando se trata, por ejemplo, de llamar igualdad
(formal) a las peores desigualdades (reales), de presentarlas bajo la
máscara del mercado (considerado competitivo), que nunca es más que el
efecto del monopolio del capital, y nombrar la propiedad al sistema de
expropiación generalizada instituido por este último.
El segundo recurso retórico al que recurre habitualmente el discurso
neoliberal es la obliteración del significado. Proceso a la vez opuesto y
complementario al anterior, no consiste en imponer el uso de un término
o un significado al amparo de un término o de un significado contrario,
sino en hacer inaccesible, impracticable o impracticable un
significado a través de otro que lo obstaculiza o apantalla. Es decir,
ya no se trata de imponer pensar según determinados términos, sino, por
el contrario, de impedir que se piense según determinados términos, de
prohibir determinadas palabras y, a través de ellas, determinados
conceptos y, por tanto, determinados. Los análisis teóricos que incluyen
estos conceptos son los instrumentos. Así se hace uso de la noción de
'capital humano' (que corresponde a todos desarrollar lo mejor que
puedan) para que ya no podamos razonar en términos de mano de obra que
su mercantilización dedica a la explotación. O, como es el caso hoy,
organizamos un revuelo mediático en torno a la deuda pública y su
crecimiento supuestamente catastrófico, haciendo olvidar que es solo el
reverso del crédito público, es decir, de la operación que consiste para
determinadas categorías sociales en prestar al Estado parte de sus
ahorros a los que este último tendría derecho y podría retirar de ellos
en forma de impuestos.
4. La eficacia política del neoliberalismo
La coherencia arquitectónica del discurso liberal reforzada por el
carácter metódico de sus procedimientos retóricos lo ha convertido en
una formidable máquina de guerra política durante las últimas tres
décadas. Implementadas originalmente por los gobiernos de la Sra.
Thatcher en el Reino Unido y luego por el Sr. Reagan en los Estados
Unidos a principios de la década de 1980, las políticas neoliberales se
han vuelto universales, apareciendo en la agenda de casi todos los
gobiernos del planeta, en el Este (desde 1990) como en Occidente, en el
Sur como en el Norte, a escalas y tasas que varían sin embargo de un
Estado o grupo de Estados a otro, siendo su universalización impuesta
también por organismos financieros internacionales como el Banco o Fondo
Monetario Internacional. La adopción de estas políticas en todas partes
constituyó una ruptura real con los paradigmas políticos anteriores, a
veces correspondientes a brutales transformaciones de los regímenes
políticos (pensemos, por ejemplo, en el colapso de los llamados
regímenes socialistas en Europa del Este o en el establecimiento de
dictaduras militares como en Chile y Argentina). Dejó así claro que
correspondía a una nueva página en la historia política y en la historia
misma. Y es de hecho en el sentido de que fueron concebidos por sus
autores y sus intérpretes.
Queda fuera del alcance de este artículo analizar las circunstancias
sociopolíticas que permitieron el triunfo de estas políticas, presentar
los detalles de sus medidas y menos aún realizar una valoración crítica.
Esto se ha hecho y se ha hecho bien por otros autores (Halimi, 2004).
Bastará aquí mostrar que estas políticas han encontrado precisamente su
matriz al mismo tiempo que su justificación en el discurso neoliberal.
Este discurso así designó y asignó sus principales objetivos así como
sus objetivos generales, proporcionándoles de alguna manera su programa.
El principal de estos objetivos, el estado; más exactamente el tipo de
estado intervencionista nacido de las reformas políticas que hicieron
posible salir de la "Gran Depresión" de la década de 1930 y sentar las
bases institucionales para los "Treinta Gloriosos" que siguieron. Todos
estos son aspectos de este estado que han sido sistemáticamente atacados
y desmantelados en diversos grados por las políticas neoliberales,
dando así en todas partes el asombroso espectáculo de gobernantes
amargados contra la maquinaria gubernamental: contra el estado
emprendedor por parte del gobierno, cuyas partes no rentables
se liquidan por completo y se privatizan las rentables; contra el estado
del bienestar, es decir, los sistemas públicos de protección social,
cuyo alcance y grado de protección se reducen en todas partes, para dar
cabida al seguro privado, al menos para quienes tienen ingresos
suficientes para utilizarlo; contra el Estado que regula los mercados
(mercados de bienes y servicios, mercado de trabajo y mercado de
capitales), finalmente, la regulación que permite operar esta regulación
ha sido abolida o debilitada considerablemente para permitir el libre
juego del mercado, supuestamente para operar. El objetivo en todas
partes es contener al estado dentro de los límites y la forma de ese
estado mínimo que es la única figura del estado que los neoliberales
toleran como un mal necesario. Qué programa mínimo de Estado culmina
obviamente en el deseo de contener el aumento de los gravámenes
obligatorios, o incluso de hacer recortes más o menos claros en estos
últimos, aunque signifique amplificar la deuda del Estado que aliena un
poco más su capacidad de acción cada día.
Contra el Estado, se trata de promover no solo el mercado sino también
la sociedad civil. Aquí nuevamente, siguiendo en esto completamente la
inspiración del discurso neoliberal, en muchas áreas la ley habrá tenido
que ceder el paso al contrato que se considera negociado libremente
entre individuos que afirman recíprocamente sus reclamos y prevalecen
sus intereses en igualdad de condiciones. La relación salarial ha
sufrido especialmente este tipo de transformación: según el estado, la
normativa legal o contractual se ha aligerado considerablemente o
incluso se ha alejado de las condiciones de contratación, empleo y
despido; se han reducido o incluso abolido los umbrales salariales
mínimos legales o contractuales; se han desmantelado las estructuras
centralizadas de negociación de las condiciones salariales para
reemplazarlas por la negociación individual de mutuo acuerdo entre
empleadores y empleados; hay una tendencia a individualizar cada vez más
la relación salarial y el salario, etc. Evidentemente, no es necesario
señalar cuánto ha llevado esto a un mayor desequilibrio en el equilibrio
de poder entre empleadores y empleados, capital y trabajo.
En la misma línea, la preferencia dada a la sociedad civil sobre el
Estado lleva a justificar que las misiones que antes se encomendaban o
que debían haber recaído en el segundo ahora se asignen a actores del
primero (empresas, asociaciones, familias o simples particulares), los
gobernantes encontrando en la exaltación de la autonomía de los
individuos o en el recordatorio de su necesario sentido de
responsabilidad (estos son los dos rostros indisolubles de lo que nombré
antes de su sometimiento) la justificación para el retiro del Estado de
las misiones de servicio público. Hoy abundan los ejemplos de este tipo
de transferencia propugnada por el discurso neoliberal e implementada
por políticas inspiradas en él. Se trata, por ejemplo, de empresas de
trabajo temporal a las que se confía la colocación de determinadas
categorías de desempleados, a los que el servicio público de empleo no
atiende o ya no puede atender; estas son las clínicas privadas, para las
que se reserva la atención más lucrativa mientras se asfixia
económicamente al hospital público; son empresas privadas, con ánimo de
lucro íntegramente, a las que se encomienda la función penitenciaria, o
incluso de misiones militares. Y muestra que los neoliberales no dudan
en confiar el capital incluso a las llamadas funciones soberanas del
Estado. Se trata de asociaciones a las que confiamos el cuidado de la
creación y gestión de las guarderías, de manera que permitan a los
padres (en realidad, principalmente a las madres) el ejercicio de
actividades profesionales, al tiempo que cierran las guarderías públicas
donde las capacidades de acogida en las escuelas infantiles se ven
restringidas por la eliminación de la docencia publicaciones. Son las
familias (y aquí nuevamente las mujeres son los primeros objetivos) a
quienes se les hace sentir culpables por la suerte de los ancianos, a
quienes se les ordena cuidar, la extensión del campo de la protección
social por parte de la institución de larga data. El seguro de cuidados
a término no está obviamente en la agenda de las políticas que trabajan
simultáneamente para restringir este campo. Finalmente, son los
desempleados de larga duración y los "excluidos" del empleo a los que se
les pide que se movilicen más para demostrar su buena voluntad,
aceptando cualquier fragmento de actividad bajo cualquier condición que, en
su defecto, no existe.
A pesar de su número limitado, los ejemplos anteriores sugieren, sin
embargo, que el discurso neoliberal no sólo ha inspirado una (contra)revolución política (llamada por él "reforma") sino, de manera mucho más
amplia y profunda, lo que se necesita, "revolución cultural". Más allá
del campo de la acción gubernamental y del ámbito propiamente político
donde ha logrado imponer un nuevo paradigma, es en todos los campos
sociales y esferas de la práctica social donde el neoliberalismo intenta
hoy instaurar, naciendo literalmente una nueva figura antropológica. Y
este "hombre nuevo" no es otro que el que se ajusta en todos los
sentidos al modelo de individuo privado que hemos visto constituye la
piedra angular de la concepción neoliberal del mundo social. De este
individuo convencido, para usar la famosa palabra de Margaret Thatcher,
de que "la sociedad no existe"2, que solo hay individuos, cada uno
impulsado por su interés egoísta, que solo se vinculan contractualmente
entre sí solo con el propósito de preservar su persona y hacer prosperar
su propiedad privada, sobre la base de la plena libertad de juicio y de
su voluntad y en la perfecta igualdad de derechos entre ellos. En
resumen, individuos que no tienen nada más en común que el sistema de
relaciones económicas y legales perfectamente impersonales y cosificadas
que comúnmente se denominan mercados. Cada uno por sí mismo y el
mercado para todos: este es el mundo que las políticas inspiradas en el
neoliberalismo nos están preparando o, al menos, buscan preparar.
5. Neoliberalismo, transnacionalización y hegemonía del capital financiero
Resta, para concluir nuestra demostración del carácter ideológico del
neoliberalismo, determinar cuál es el grupo social cuyos intereses
representa (tanto legitimándolos como disfrazándolos). Para allanar el
camino que conduce a la respuesta a esta pregunta, si no para
responderla exhaustivamente, procedamos de una manera un tanto policial,
inspirándonos en el adagio latino: Is fecit cui prodest. ¿De quién se
benefician las políticas neoliberales?
De esta forma, la pregunta requiere una respuesta inmediata, porque es
obvia. De hecho, es evidente que todas las políticas anteriores, de las
que acabamos de ver hasta qué punto encuentran su matriz programática,
su código genético de alguna manera, en el discurso neoliberal, están
destinadas a defender los intereses del capital por sí mismo, tomando de
esos trabajadores asalariados, ya sea en su trabajo o fuera de su
trabajo. Siguiendo este camino, se llega a un primer elemento de
respuesta: el neoliberalismo sería la ideología actual de la clase
capitalista en su conjunto o, si se prefiere una terminología más
tradicional, la ideología de la burguesía.
Este elemento de la respuesta, aunque no es despreciable, no es ni
satisfactorio ni suficiente. En efecto, el liberalismo clásico en su
conjunto ya ha sabido entenderse a sí mismo como la ideología de la
burguesía, la visión del mundo que esta clase de comerciantes,
financieros, industriales, luego industriales, forjó a lo largo de los
años. de la Edad Media europea a la "revolución industrial" e incluso
más allá, poco a poco conquistó un lugar dominante dentro de las
relaciones de producción, de la sociedad civil y finalmente del Estado al
derribar todo el edificio de la sociedad heredado del feudalismo.
Durante esta lucha de clases, librada en las distintas naciones europeas
de las que simultáneamente dio origen, el liberalismo sirvió de arma
contra la aristocracia terrateniente, las monarquías absolutas, la
Iglesia católica, antes de llegar al poder no la vuelve contra una nueva
enemigo, nacido de los propios flancos de la sociedad capitalista, el
proletariado y el naciente movimiento obrero. No es de extrañar entonces
que encontremos a la burguesía trabajando detrás y a través del
neoliberalismo.
Excepto que esta no es la "misma" burguesía el neoliberalismo es
estrictamente idéntico al liberalismo clásico. Mientras tanto, se ha
producido una ruptura importante en la continuidad en la historia de
ambos. Este paréntesis histórico abarca buena parte del siglo XX, desde
la quiebra del liberalismo clásico bajo el efecto de las dos guerras
mundiales, la "Gran Depresión" de los años 30 y el triunfo de los
totalitarismos en Europa hasta el surgimiento de las políticas neoliberales
en Europa a finales de la década de 1970. Durante este paréntesis
histórico, hemos visto a las propias burguesías (salvo algunos
elementos minoritarios dentro de ellas) abandonar el liberalismo clásico
para unirse a fórmulas ideológicas que rompen en muchos puntos con este último. En todos los estados capitalistas avanzados, en Europa
Occidental, en los Estados Unidos, en Australia, en Japón, con
inflexiones a veces notables, el discurso dominante, retomado no solo
por los círculos patronales, los gobernantes (ya sean de izquierda o de
derecha) e incluso la mayoría de los dirigentes sindicales, se inspiraron
entonces en una fórmula que exaltaba el compromiso entre capital y
trabajo en un contexto de regulación y regulación de la economía
capitalista en el marco de los Estados-nación. En las naciones jóvenes
del antiguo Tercer Mundo, en su mayor parte antiguas colonias de los
estados anteriores que luego accedían a la independencia, las burguesías
nacionales emergentes afirmaban tener un nacionalismo revolucionario
más o menos socializador que, de nuevo, pretendía dominar el Estado, quien
juega un papel como motor de crecimiento económico y desarrollo social.
Y, en estas condiciones, a pesar de la "guerra fría" y la feroz
competencia ideológica entre ellos, el Oriente "socialista" y el
Occidente capitalista presentaron similitudes que hicieron que más de
uno diagnosticara su convergencia en el término3.
Esta solución de continuidad en las relaciones históricas entre
burguesía y liberalismo obliga a afinar el anterior elemento de
respuesta, explicando el nuevo retroceso ocurrido a fines de los años
1970. Las dimensiones de este artículo sólo me permiten entregar mis
conclusiones despojadas de todo el aparato de análisis y argumentación,
remitiendo al lector curioso de esta última a lo que he dicho en otras
obras (Bihr, 1991, sin datos; Bihr, 2006, 9-17; Bihr, 2007, 133-140 y
147-164). El vuelco de finales de la década de 1970 debe explicarse en
el contexto de una crisis, en la que entró el modo de producción
capitalista durante esta misma década después de tres décadas de
crecimiento casi continuo (las famosas "Trente Glorieuses"). Esta crisis
conduce a la ruptura del compromiso entre el capital y el trabajo sobre
el que se fundaba este último y, más ampliamente, al abandono por parte
de la burguesía del modelo de un capitalismo regulado en y por el marco
reforzado de los Estados-nación. El capital se compromete entonces a "liberarse" de este marco, sin lograrlo por completo, iniciando así un
proceso indebidamente llamado "mundialización" (o "globalización") y que
es mucho más apropiado llamar transnacionalización. Esto afectó a todas
las fracciones del capital pero, ante todo, a su fracción financiera,
que tomó la iniciativa, la llevó lo más lejos posible (es esta fracción
de capital la que más completamente rompió con cualquier vínculo
nacional como, más ampliamente, con cualquier anclaje territorial) y que
proporcionaba la dirección general, sin controlarla. En definitiva, la
transnacionalización del capital ha ido acompañada de una reorganización
del equilibrio de poder entre las distintas fracciones del propio
capital, al permitir que la fracción financiera imponga su hegemonía
sobre las fracciones industrial y comercial: en y a través del proceso
de transnacionalización, el capital financiero impone sus intereses
sobre otras fracciones del capital (en el sentido de que pueden oponerse
al suyo) y unifica todo el capital frente a otras clases sociales
(Chesnais, 1997; Chesnais, 2004). Esto nos permite aclarar la respuesta a
nuestra pregunta en estos términos: el neoliberalismo es la ideología
de la fracción financiera del capital y su hegemonía sobre todo el
capital en la fase actual de transnacionalización de las relaciones
capitalistas de producción.
6. Conclusión
Por tanto, no hay duda sobre el carácter ideológico del neoliberalismo:
satisface perfectamente todas las condiciones que constituyen una
ideología. Agreguemos como conclusión que el neoliberalismo es aún hoy,
sin duda, no sólo la ideología dominante en el campo político, sino
también la única ideología verdaderamente constituida dentro de este
campo: por el momento no tiene un rival digno de denominarse ideología. Es ese "pensamiento único" tan a menudo denunciado por sus opositores y
opositores sin que hasta ahora hayan podido oponerse a una o más
ideologías alternativas. Esto obviamente lo fortalece al permitirle
ocultar, al mismo tiempo, su carácter ideológico. El triunfo actual de
la ideología neoliberal se está produciendo, por tanto, bajo el disfraz
de este fin a menudo anunciado de las ideologías.
Notas
1 Utilizo la ortografía (neo)liberalismo siempre que quiero enfatizar
que la proposición presentada es válida conjuntamente para el
neoliberalismo y su antepasado liberalismo clásico.
2 En una entrevista con Douglas Keay en la revista Women's Own, 31 de octubre de 1987.
3 Cfr. Entre otros Raymond Aron, Dieciocho lecciones sobre sociedad
industrial, París, Gallimard, 1963; y John K. Galbraith, Le Nouvel Etat
industrielle [1967], París, Gallimard, 1968.
Bibliografía
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Bihr Alain (2006), La préhistoire du capital. Le devenir-monde du capitalisme I, Lausanne: Éditions Page deux.
Bihr Alain (2007), La novlangue néolibérale. La rhétorique du fétichisme capitaliste, Lausanne: Éditions Page deux.
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Chesnais François (coord.) (2004), La finance mondialisée, racines sociales, configuration et conséquences, Paris: La Découverte.
Halimi Serge (2004), Le Grand Bond en arrière. Comment l’ordre libéral s’est imposé au monde, Paris: Fayard.
Husson Michel (1996), Misère du capital. Une critique du néolibéralisme, Paris: Syros.
Husson Michel (2001), Le grand bluff capitaliste, Paris: La Dispute.
Publicado en Revista Semen, Número 30, Año 2011, pág. 43-56.
https://journals.openedition.org/semen/8960
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