Columna de Sebastián Edwards: Autocomplacencia
Columna de Sebastián Edwards: Autocomplacencia
Los sistemas económicos solo logran perdurar si tienen un relato
coherente que les dé legitimidad. Este es, sin duda el gran desafío de
la derecha democrática: rearmar un relato persuasivo, amable, inclusivo y
moderno, que compita mano a mano con el relato tremendista de la
izquierda radical.
Sebastián Edwards.
Juan Claro
No conozco al dirigente empresarial Juan Claro; a lo más, lo he visto una vez. Si me lo topara en la calle, difícilmente lo reconocería. Pero a través de los años he leído sus declaraciones y he admirado su hablar directo, sin recovecos, ni pelos en la lengua. El jueves, Juan Claro reapareció en la Sofofa y declaró: "Los empresarios caímos en la autocomplacencia… pasaron años en que no contribuimos y no nos hicimos cargo de algunos cambios que se veían venir".
Tiene toda la razón.
Pero los empresarios no fueron los únicos autocomplacientes. El problema afectó, con contadas excepciones, a toda la derecha.
Luego del boom de los primeros 20 años de democracia, la derecha
concluyó que era evidente que "el modelo" era un éxito. El país crecía,
los indicadores sociales de la ONU mejoraban y los salarios cabalgaban a
ritmos nunca vistos. Todos estaban (o parecían estar) contentos. Ya no
era necesario defender al "sistema social de mercado" en foros, debates,
canales de televisión, aulas y universidades. La derecha declaró
victoria, y se retiró a sus tres comunas, a sus segundas viviendas, a
sus colegios y universidades. Con una ingenuidad enorme, concluyó que el
país seguiría prosperando con piloto automático.
Pero la historia nunca es así de simple.
No había que ser un genio para entender que "el modelo" tenía enemigos y
que estos harían lo posible por socavarlo, por convencer a la
ciudadanía de que las cosas estaban mal y que Chile era un país en
crisis. Mientras la izquierda más radical desarrollaba una narrativa
coherente –aunque distorsionada– sobre las supuestas y horribles
falencias del modelo, la derecha se dedicó a disfrutar su "éxito".
Esta derecha desvinculada y desinteresada les regaló "el relato" a sus
adversarios, sin entender que, como dijo Antonio Gramsci hace casi 100
años, quien controla la narrativa triunfa en la "guerra de ideas", y
quien gana esa guerra tiene todas las de ganar la batalla ideológica y,
en última instancia, llegar al poder.
El relato que instaló la izquierda radical fue el de un Chile
sistemáticamente abusivo, injusto, extractivista, no democrático,
especulativo, y patriarcal. En esta historia urdida por los futuros "octubristas" y defensores de la primera línea, la derecha era satanás y
la Concertación, el "villano invitado". Según esta fábula, estos dos
sectores se habrían aliado para esquilmar a los débiles, endeudar a las
familias y regalarle el país a mineras extranjeras que se llevan el
cobre y el litio a granel, en vez de producir autos eléctricos con
tecnología de punta.
Como siempre en las historias de terror, el relato tenía ciertas bases
en la realidad. Entre ellas, la colusión en el papel higiénico, pollos y
farmacias, y los abusos a los consumidores en La Polar. La derecha las
minimizó y no se hizo cargo de las quejas ciudadanas. El que la derecha
cultural se opusiera férreamente a las modernizaciones valóricas
–divorcio, aborto, matrimonio gay– también ayudó a cimentar el relato de
la izquierda radical entre los jóvenes.
Juan Claro dijo que la convención constituyente abría una puerta a la
esperanza, y que, si se lograba un espíritu de colaboración y acuerdos,
Chile podría salir del difícil trance en el que se encuentra.
Desde luego que tiene razón, pero yo veo ese escenario cada vez más
lejano. Después de la apertura al dialogo de la presidenta del Senado,
Yasna Provoste, no hemos visto mayores avances. Al contrario, el
ambiente se ha vuelto a enrarecer.
Lo más probable es que la convención quede atrapada en una discusión
bizantina, en la que los datos duros, la lógica, los antecedentes
históricos y las lecciones de otros países no serán importantes para la
elaboración del texto. Vislumbro una discusión en la que primarán la
mala onda, el matonaje, y los argumentos espurios. Algunos
convencionales serán "cancelados", otros amedrentados y “rodeados por
las movilizaciones de masas”, y los razonamientos técnicos serán
descartados por representar ideas de élites.
En su magnífica trilogía La dignidad burguesa, la economista
Deirdre McCloskey argumenta que las novelas inglesas de principios del
siglo XIX, especialmente las de Jane Austen, ayudaron a instalar los
principios del capitalismo moderno. Los personajes de Austen gozaban de
una enorme popularidad, y poseían los valores de la pequeña burguesía.
Eran estudiosos, tenían buenos modales, eran respetuosos, hacían mérito y
trabajaban duro.
Según McCloskey, los sistemas económicos solo logran perdurar si tienen
un relato coherente que les dé legitimidad. Este es, sin duda, el gran
desafío de la derecha democrática: rearmar un relato persuasivo, amable,
inclusivo y moderno que compita mano a mano con el relato tremendista
de la izquierda radical.
Publicado en La Tercera el 15 de mayo de 2021.
https://www.latercera.com/la-tercera-pm/noticia/autocomplacencia/AZNZZBTIYRH7DJMZVW37BHNQSE/
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