Ignorancia, la falsa vergüenza de los que dicen saber
Carta de lectores
Ignorancia, la falsa vergüenza de los que dicen saber
En esta columna de opinión, Jonathan Quispe Zúñiga simboliza lo ridículo del argumentar sin conocer.
Jonathan Quispe Zúñiga, 19 años, estudiante de Enfermería.
Asomarnos y vivir en el mundo es parecido a una carrera de postas. Lejos
de la ser un proceso donde prime la quietud o la decisión de esperar,
es una dinámica que en el mejor de los casos, te mantiene a la
expectativa en cada pisada. Pero subrayo que sea similar a una
carrera de postas (o de relevos) porque no sólo es un círculo en
movimiento, sino que aquello ya está establecido.
No somos Adán, no somos Eva, estrenando terrenos novedosos; somos piezas adherentes a un sistema de vida prestablecido por antecesores, donde heredamos una forma de comportarnos, de hablar, de comunicar.
Ni bien “caemos” en la pista atlética de la vida, ya tenemos un anterior
corriendo a toda velocidad con la única intención de traspasarnos el
Testamento: la herencia cultural en todos sus aspectos. Y combinado con
la dinámica de la realidad, lo más común es que una generación repita tal cual están los patrones de conducta que recibió, y al ritmo de la carrera, se esfumen las chances de detenerse a observar qué llevan en sus manos.
Y es en el arte de observar donde los espejos se activan y las monótonas
carreras a ciegas ponen en pausa los patrones que se ejecutan con
automaticidad. Se verán muchísimos aciertos que se manifiestan en
buenas costumbres. Aunque no sea lo único que se deje ver por aquel
ocasional espejo.
También aparecerán fallas. Fallas que se vienen arrastrando en nosotros
como identidad social, y que han calado hondo sin que nos demos cuenta.
La ignorancia ridiculizada ha sido (y es) una de ellas.
Desde chicos somos educados al miedo de la ignorancia. De todo podemos
avergonzarnos, pero subyace en la conciencia colectiva que jamás debemos
quedar como ignorantes delante de la gente. Ese es el problema
fundamental: diagnosticamos como problema un estado de la vida, y así
cada realidad antes de ser observada, es condenada por solo existir.
Aparejamos ridiculez e ignorancia. Las hacemos sinónimos. Y allí radica
el imposible de desear una sociedad con conocimiento. La ignorancia (la
nuestra también) se erradica con el deseo del ignorante de querer
conocer. Clausurar nuestro saber con risas ridiculizantes ante las
peticiones de quién desea descubrir lo ignoto es contribuir al
decrecimiento social.
En neurología y psiquiatría, se ha identificado algo llamado Ecolalia,
un síntoma característico de distintos trastornos psicológicos como el
autismo, la afasia y la esquizofrenia. Este consiste en la repetición
involuntaria de palabras o frases, dichas por otras personas, provocado
por alteraciones y lesiones que afectan a las estructuras cerebrales
implicadas en el lenguaje, en las conductas imitativas y en la
inhibición de la conducta. Lesiones que pueden provocar síntomas como el
ya mencionado, catalogados como ecofenómenos, es decir, conductas imitativas que se producen sin control consciente.
Detenerse a observar la realidad pone bajo relieve nuestros actos, puros
y totales, tanto los buenos como los malos, y esfuma la mentira, la
ficción de creernos "adelantados", "superiores". Destruye todo el
imaginario de sabernos compasivos, y muy orgánicos socialmente hablando.
Y aunque nuestras conexiones cerebrales y nuestra psiquis no reparen
algún daño, hacer eco de lo que dijo otro de manera inconsciente y sin pensarlo por un instante nos quita las vendas, y nos coloca un sello que condena a la sociedad al estancamiento intelectual.
El avance de una sociedad en cuanto a sabiduría se establece en buena
parte por la presteza en la trasmisión de conocimientos de los que la
componen. Y lo más importante: identificar aquella falencia y
corregirla es la base necesaria para la construcción de una sociedad que
tendrá herramientas en la participación política. Porque quien
conoce más, tendrá más razones para tomar una postura ciudadana en
contraataque a las amenazas modernas frente a sus convicciones.
No le neguemos a nadie la oportunidad de saber. Si no está en nuestras manos aquel saber, sepamos decir: "NO SÉ".
Demostremos lo sincero que debe ser una persona ante lo desconocido, y
qué importante resulta demostrar que no nos avergonzamos de desconocer,
porque no existe ridículo para un estado de la vida como la ignorancia.
Ridículo sería creerse sabio por miedo a no serlo ante los demás, o
negarle el conocimiento a quien lo requiere cuando lo somos.
Al fin de cuentas, según los momentos, todos estamos en ambos lados de
la vereda. Lo indispensable es mantener los lazos enriquecedores del
trato humano: aquello que sé, no lo sabe el otro; pero también hay cosas
que no sé, que el otro sabe. En esa necesidad y saciedad mutua se
edifica el amor por un saber social. ¡Qué sería si unos no compartieran
lo que tienen, y otros no pidieran lo que no poseen!
Publicado en La Derecha Diario el 20 de junio de 2021.
https://derechadiario.com.ar/carta-de-lectores/ignorancia-la-falsa-vergueenza-de-los-que-dicen-saber
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