La avaricia de doña Lucía
La avaricia de doña Lucía
Este artículo es un extracto del libro de Alejandra Matus, Doña Lucía. La biografía no autorizada (Ediciones B. 2013).
Alejandra Matus*
En los comienzos de la dictadura militar.El cambio de década (1980) significó para Lucía la consolidación de su
poder. Pocos se atrevían a poner coto a sus caprichos. En una visita a
La Serena, con Pinochet, la administración del hotel Francisco de
Aguirre le había preparado la habitación con delicados arreglos florales
que se repartieron por doquier. El propósito era halagarla. Nada más
verlos, Lucía se enfureció y comenzó a gritar: "¡Saquen esta mierda!",
mientras destrozaba las flores con sus propias manos y las arrojaba al
piso, ante un equipo de mucamas que miraban la escena sorprendidas y
aterradas. En su oficina, en Santiago, se hacía preparar ensaladas con
el quesillo recortado en forma de corazón o trébol para el almuerzo. Y
pronto comenzaría a construir las mansiones que siempre anheló poseer.
En 1981 terminaron los trabajos de restauración de La Moneda,
completamente devastada en el bombardeo de 1973. Con la aprobación de la
nueva Constitución el año previo, Pinochet se sintió con pleno derecho a
ocuparla. Además, en 1978 se había desembarazado de Gustavo Leigh en la
Junta de Gobierno y, con su partida, Merino era una débil cortapisa a
sus afanes personalistas. Con Estados Unidos, en tanto, las cosas se
habían calmado tras la entrega de Michael Townley a ese país y la
destitución de Contreras en la DINA. Jimmy Carter fue reemplazado por el
republicano Ronald Reagan y se había descomprimido la presión que
"ejercía ese país en contra del régimen chileno. La CNI, con nuevas
camadas de agentes, se sintió con mayor respaldo para una nueva oleada
de acciones represivas.
La prensa oficialista identificaba a Pinochet como "S.E. (Su Excelencia)
el Presidente Augusto Pinochet", y a su esposa, como la Primera Dama,
Señora Lucía Hiriart (lo de señora era obligatorio. Estaba prohibido
decirle Lucía a secas).
Su marido le asignó una espaciosa zona en el ala suroriente del palacio
gubernamental, encima de la sala de prensa conocida como La Copucha.
Ella se mudó sólo con su equipo más cercano: su jefa de gabinete, dos
secretarias, una asistente social y la nueva encargada de prensa,
Cristina Olivares, quien reemplazó a Ada Mongillo. El resto del personal
quedó en las sedes de los distintos organismos que presidía. El círculo
más estrecho de Lucía incluía también a su peluquera-maquilladora, un
fotógrafo personal y otros asistentes que se encargaban de su imagen y
de asistirla con la elección del vestuario. Al igual que en el Diego
Portales, tenía siempre dispuestos, para poder elegir, varias tenidas y
muchos zapatos.
El ala de Palacio dedicado a la Primera Dama estaba decorada "con mucho
mobiliario, sillones tipo barroco, dorados, y la Señora tenía a su
disposición tres o cuatro salones enormes, cuenta una periodista que
cubría sus actividades en aquel entonces. Había, además, una zona
especial y privada donde podía dormir siesta.
"En una ocasión me llamó la atención un cuadro que había aparecido en el
despacho y que yo no había visto antes", cuenta la periodista. Era un
retrato de Pinochet, completamente confeccionado con perlas. El autor de
la obra había "pintado" el rostro del general escogiendo y colocando
cuidadosamente perlas en distintas tonalidades de grises para que se
formara su imagen. La profesional lo estaba mirando, cuando apareció
Lucía.
-¿Qué opinas?-, me dijo.
-Lo encuentro horrible-, le respondí. Ella me tenía buena a pesar de que
yo solía expresar con bastante desparpajo juicios políticamente
incorrectos.
-¿Pero por qué, si es tan bonito?-, me dijo.
-Porque es demasiado ostentoso. En este país la gente se está muriendo de hambre y usted tiene esta cosa aquí.
-¿Tú encontrai?-, me dijo. Muy poco después, no sé si por mi comentario o
por otra cosa, sacaron el cuadro y lo metieron a su oficina, porque ahí
no entraba mucha gente.
La periodista recuerda que en esos años "una cosa que le encantaba era
inaugurar la Feria del Hogar que anualmente se hacía en la Fisa.
Recuerdo que en una ocasión el intendente, un militar, se atrasó unos
minutos y no la estaba esperando cuando ella llegó. "Se amurró y no
quiso bajarse del auto. Este señor le rogaba que se bajara y ella
empacá, como se dice en el campo, porque había llegado dos minutos antes
y él no estaba para abrirle la puerta del auto".
Muerte del padre
Osvaldo Hiriart se dejaba arrastrar ocasionalmente a los almuerzos
familiares que organizaba su hija, pero se quedaba callado, ensimismado.
Prefería quedarse en casa y recibir las visitas de la alegre Tatiana,
quien se transformó en su hija preferida. Probablemente para Lucía era
mejor así. Le hacía más fácil ignorar la profunda decepción que sentía
su padre.
Lucía Rodríguez, su madre, en cambio, tenía una actitud más complaciente
y se sentía a gusto entre las nuevas amistades que la rodeaban. "Ella
era la única que competía en protagonismo con Lucía. Extravertida,
siempre se encargaba de dejar en claro que ella había sido amiga de
varios Presidentes de Chile y sus esposas. Era la primera en destacar su
origen social superior a los demás", dice un ex funcionario de La
Moneda.
El 2 de noviembre de 1982, Osvaldo Hiriart murió a causa de un infarto
cardíaco. Tenía 87 años. Probablemente no alcanzó a expresar el lugar y
la forma en que deseaba ser despedido. O no le importaba. Pero como si
las ceremonias fúnebres hubiesen sido organizadas por sus enemigos, su
cuerpo fue rodeado por militares.
Por voluntad de Lucía, los restos de su padre se velaron en la Iglesia
del Sagrado Corazón de El Bosque, en Providencia, una de las preferidas
por la elite del régimen.
En la mañana, a las 11 horas, estaba fijada una misa de carácter privado
y familiar, a la que, por cierto, Lucía llegó atrasada. Pinochet
recibió las condolencias en su nombre, en la puerta del templo, pues
ella llegó, junto a su madre, faltando diez minutos para las 12.
En la tarde, en la misma iglesia, el vicario general castrense Francisco
Javier Gillmore celebró el responso abierto al público y a la prensa,
acompañado por el vicario de la zona oeste, Sergio Valech, y el
secretario general de la Conferencia Episcopal, Bernardino Piñera. Lucía
se sentó en primera fila junto a su madre y a sus hijas Jacqueline,
Verónica y Lucía.
A la ceremonia asistió todo el gabinete, los integrantes de la Junta
Militar, el cuerpo de generales y almirantes de las cuatro ramas de las
Fuerzas Armadas, las directivas de CEMA y las numerosas organizaciones
que dirigía Lucía Hiriart. Cientos de personas, según consignó la
prensa, pero ajenas a su familia de origen, a su trayectoria y a sus
amistades.
Pinochet y sus cuatro edecanes sacaron el féretro del templo junto a los
hermanos de Lucía, Osvaldo (ingeniero agrónomo) y Sergio (quien estudió
leyes un año, gracias a las gestiones que hizo el radical Guido
Macchiavello, a fines de los años 60, ante el decano de Derecho de la
Universidad de Chile, Eugenio Velasco). De ambos, sólo Sergio ocupó un
cargo en el régimen militar, como agregado cultural en la embajada de
Ecuador hasta 1976. (Sergio Hiriart regresó casado con una ecuatoriana
que fue nombraba directora de la Biblioteca de la Municipalidad de Las
Condes. El personal de esa institución se quejaba del poco mérito que
tenía la mujer, pues no era aficionada a la lectura y entendía poco del
rubro.
El féretro fue llevado al Patio Bilbao del Cementerio General, donde se
encuentra el mausoleo de la familia Pinochet-Hiriart. Allí tomó de
nuevo la palabra el vicario castrense para hacer la "oración del
sepulcro". Y luego dos militares -el ministro del Interior Enrique
Montero y el vicepresidente de Corfo, coronel Francisco Ramírez- fueron
los encargados de resaltar las cualidades humanas y públicas del padre
de Lucía. Irónicamente, Corfo fue una de las instituciones que la
dictadura se encargó de desmantelar, pues la política económica
implantada desde 1973 significó que el Estado se deshiciera progresiva y
definitivamente de la gran mayoría de las empresas que controlaba la
entidad erigida por el radical Pedro Aguirre Cerda.
El andamiaje jurídico creado por el padre de Lucía también fue
desmantelado para poder enajenar las empresas del Estado en el proceso
de privatizaciones.
Es curioso que pese al gran y controlado aparato comunicacional del
régimen, la noticia mereció apenas menciones secundarias, pequeños
recuadros en algunos diarios (La Tercera, La Segunda). El Mercurio
ignoró completamente la noticia. Sólo La Nación le dedicó una página
completa. Los títulos de los artículos, como si hubieran sido pauteados,
informaron sobre la muerte del destacado "hombre público Osvaldo
Hiriart Corvalán", sin señalar el parentesco con Lucía Hiriart. Tampoco
aparece ella en las fotografías. Sólo Pinochet.
Guido Macchiavello, quien considerada a Osvaldo Hiriart como a un padre,
cree que el tratamiento de "bajo perfil" que se dio al hecho obedece a
que el padre de Lucía se oponía a la dictadura de su yerno. "Él me dijo
una vez: 'Nada con dictaduras. Yo soy un demócrata y creo que esto (la
crisis de la Unidad Popular) debió resolverse inteligentemente'",
afirma.
Pese a la estrecha amistad que los unía, Macchiavello no fue notificado
de su fallecimiento. Se enteró casualmente por la prensa. "Fui a la
misa, pero observé de lejos, porque los militares se apoderaron de él",
recuerda.
También en última fila de la Iglesia, en la misa de la tarde, se sentó
su hermano Jorge Hiriart, el padre de Mónica -quien continuaba en el
exilio-, y de María Luz -quien había regresado recién del suyo. Lloró en
silencio y regresó a su casa.
María Luz cuenta que, años después, una de las penas más grandes que
sufrió su padre fue enterarse de que el mausoleo había sido atacado por
desconocidos en repudio a la dictadura. "Le dolió porque se destruyó
parte de la tumba de su hermano que no era partidario y nunca hizo un
gesto de apoyo a la dictadura", recuerda.
Lucía Hiriart tuvo poco tiempo para recuperarse del fallecimiento de su
padre, pues apenas cuatro días más tarde partió en gira a Estados
Unidos, sin su marido. La prensa informó que inauguraría una tienda de
artesanías elaboradas por las socias de CEMA Chile en Washington D.C. y
que en esa ciudad se reuniría con la esposa del Presidente Reagan,
Nancy. Iba acompañada por sus hijas y las esposas de generales que
formaban parte del directorio de CEMA. Tuvieron que ir a despedirla al
aeropuerto el propio Pinochet y una nutrida delegación de gobierno que
incluyó al ministro del Interior, general Enrique Montero; el
vicecomandante del Ejército, Julio Canessa; el alcalde de Santiago,
Carlos Bombal y representantes de la Cancillería.
Por esos días, el Presidente republicano Ronald Reagan había dado
señales de distensión en la relación entre ambos países al emitir un
informe sobre derechos humanos que señalaba que la situación en Chile
había mejorado en "forma significativa". Pese a ello, el Departamento de
Estado se adelantó a afirmar que la visita de Lucía a Nancy era a
título estrictamente personal.
(*) Periodista de la Universidad Católica, 55 años,
trabajó en la revista Hoy, en los diarios La Época, La Nación y La
Tercera, entre otros medios de prensa. Autora de cinco libros.
Publicado en diario electrónico Interferencia el 12 de agosto de 2021.
https://interferencia.cl/articulos/la-avaricia-de-dona-lucia
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