Coronavirus y Ciencias Sociales: entre la interdependencia y dos formas de solidaridad
Coronavirus y Ciencias Sociales: entre la interdependencia y dos formas de solidaridad
Mauro Basaure
El brote de coronavirus y sus consecuencias sanitarias y
sociales es uno de los acontecimientos sociales más importantes de la
vida humana en el siglo XXI. Ángela Merkel lo comparaba, en términos de
desafío, con aquél que impuso la Segunda Guerra Mundial. En cuestión de
semanas este virus ha puesto a la orden del día la imagen de nuestra
fragilidad como especie; imagen que el riesgo ecológico —posiblemente
mucho más amenazante para la especie, pero menos inminente— no ha
logrado imponer. Todos las otros problemas y conflictos aparecen como
secundarios, y de hecho nunca se vio tan silenciosos a los antivacunas,
quienes seguramente están, también en silencio, revisando sus
convicciones.
La peste bubónica o peste negra se expandió solo por
Europa y Eurasia. Eso fue a mediados del siglo XIV. Ya inicios del siglo
XX la gripe española logró expandirse por todos los continentes,
gracias a la modernización de los sistemas de transporte. Basta este
dato para mostrar que el fenómeno del coronavirus no es simplemente una
cuestión biológica y sanitaria. Si hubiese brotado en el siglo XV
hubiese sido una amenaza de un orden bien distinto. Ese fenómeno es, por
varias razones, también una cuestión sociológica.
El paso del mundo antiguo al mundo moderno —de la
comunidad a la sociedad— es, entre otras cosas, el paso de un mundo
aislado y autosuficiente a un mundo altamente interconectado y con una
enorme división del trabajo social. Mientras que la sociedad, como
categoría, encuentra su mayor expresión en las grandes ciudades, rasgos
de la comunidad persisten aún en ciudades más pequeñas y pueblos, así
como en la ruralidad. Aunque no tenga límites, este virus se propaga más
rápida (tiempo) y ampliamente (espacio) en grandes ciudades. Barreras
sanitarias comunales, con árboles derribados sobre carreteras y
barricadas es una respuesta de la comunidad (localidades vacacionales) a
una sociedad (turistas citadinos) vista como amenaza.
La sociología nace abordando la paradójica situación —hoy
cada vez más radical— de una creciente individualización y ruptura de
los lazos tradicionales, de una parte, y una también creciente
interdependencia que alcanza niveles globales, de la otra. De los
efectos de la individualización sabemos a diario, pero poco de nuestra
interdependencia. Efectivamente, estamos muy conscientes de nuestros
vínculos directos y medianamente cercanos, pero no del entramado de
relaciones indirectas e invisibles, y de las consecuencias no buscadas
de acciones agregadas.
Desde el punto de vista sociológico, es esta conciencia
de nuestra radical interdependencia globalizada lo que trae consigo el
coronavirus. Se trata de una interdependencia no solo en el sentido de
que es por ella que los contagios tienen curvas ascendentes muy
difíciles de aplanar y el virus se ha expandido imparable y velozmente
por el mundo entero, sino además en el sentido de la convicción de que
solo unidos y de manera coordinada es posible salir de la crisis; de que
no somos —ni es razonable concebirnos como— átomos independientes.
El coronavirus nos invita a salir, al menos por un
espacio de tiempo, del extremo individualismo de las sociedades
modernas, y pone en primer plano el valor de la solidaridad. Como lo
conocemos de múltiples catástrofes, podemos ser maravillosamente
solidarios frente a dificultades colectivas, hacer sacrificios por el
bien común y comportarnos de manera completamente inesperada (aunque
también en sentido antisocial). El reforzamiento de la solidaridad
social sea tal vez el único subproducto positivo de crisis, catástrofes e
incluso guerras.
En este contexto, aparecen, por primera vez, dos formas
de solidaridad, una tradicional y otra que nos es completamente nueva.
Una es la que ya conocemos de ir en ayuda del otro, del más necesitado,
como las que conocemos de las catástrofes, como el 27F, o incluso la
Teletón. La vemos hoy entre familiares, en los vecindarios, pero
fundamentalmente en la primera línea de los trabajadores de la salud. La
otra, es una solidaridad que se expresa ahora no re-uniéndose, ni yendo
en ayuda sino separándose, recluyéndose en lo privado, desalojando el
espacio público. Esta última se demuestra precisamente desandando o
destejiendo los lazos de interdependencia, des-diferenciando la división
del trabajo social. Eso explica, por ejemplo, la crítica a aquellas
empresas que —no estando en el rubro de primera necesidad, como
supermercados o farmacias— siguen funcionando y, con ello, exponiendo a
sus trabajadores. Esta segunda forma de solidaridad supone ir en contra
de la creciente interdependencia de las sociedades modernas, pero ya no
en el sentido individualista acostumbrado sino en uno que expresa
solidaridad bajo la máxima: al cuidar al otro, cada uno cuida de sí. La
condena pública a acaparadores y especuladores, fiesteros y turistas
santiaguinos en el litoral, comprueba que la salida vía independencia
individualista no tiene lugar. Por eso, para muchos esta crisis —esa
actualización urgente de nuestra conciencia de interdependencia y mutua
vulnerabilidad— no es solo una amenaza sino también una prueba y una
oportunidad.
Si la primera forma de solidaridad es puntual y bien
acotada en el tiempo, la segunda nos demanda una enorme resistencia en
el tiempo, hasta meses de reclusión en lo privado. Sin duda que es un
esfuerzo para el que no estamos preparados en absoluto. El acto de
solidaridad ejemplar es, ojalá, encerrarse en sí mismo, pues solo así se
detienen las cadenas de interdependencia —de conexiones indirectas e
invisibles— por donde transita el virus. Cuando ese acto no tiene lugar
por sí mismo, desde abajo, desde la propia ciudadanía, debe ser forzado.
Los gobiernos, primero con recomendaciones, pero muy pronto con
restricciones y prohibiciones cada vez más amplias, fuerzan este acto
cuando de solidaridad. Lo hacen incluso gobiernos liberales que
normalmente abjuran de políticas que restrinjan las libertades
individuales en post de conseguir metas colectivas de solidaridad
social.
Una pregunta abierta es cómo ser solidario en el primer
sentido y al mismo tiempo serlo en el segundo sentido. Cómo ir en ayuda
del otro distanciándose de él. Este es el doble desafío solidario que
nos impone esta crisis. El mero distanciamiento no es suficiente. Con
todos los resguardos necesarios, muchos se están preocupando de
familiares y vecinos en dificultades, aún cuando sea proporcionando
compañía y contención vía teléfono y redes sociales. Igual o más
fundamental es la solidaridad (en el primer sentido) proveniente de las
instituciones del Estado, así como de parte del mundo de las empresas.
La solidaridad en el primer sentido, aquella que va en
ayuda, es tan fundamental como la que pide distanciarnos, porque —como
siempre en casos de crisis y catástrofes— la estructura social se
expresa de modo tal que los más vulnerables son los que más sufren. En
Sociedades como las nuestras fue, primero, una enfermedad de ricos, de
los móviles, de los que pueden vacacionar en el extranjero. Pero ahora,
en fase 4, una vez extendido el virus, se verá que quienes pueden contar
con mejores servicios sanitarios, mayor espacio vital, etc. tendrán
menores posibilidades de enfermar. Las cárceles, repletas de clase baja,
son el ejemplo más dramático de esta situación. Por eso no es tan
absurdo que se busque evitar la cuarentena total, pues sus costos
sociales son también enormes; incluso con resultado de muerte,
precisamente porque hoy —en medio de la exigencia de distanciamiento, y
reclusión privada— se silencia e invisibiliza aún más la situación de
aquellos que apenas les alcance para sobrevivir.
La propia solidaridad del distanciamiento es mucho menos
costosa cuando se vive con holgura, que cuando se lo hace en condiciones
de cuasi-hacinamiento en departamentos de 45 mt2, como lo hacen muchos.
Los costos psicológicos en el primer caso son menores, y en el segundo
altísimos. Para otros y otras, significa agudizar aún más una soledad
con la que ya debían lidiar. En algunos países del norte han hablado de
una epidemia de soledad. Hoy, internet y las redes sociales —tan
vapuleados otrora— vienen a ser un antídoto irremplazable contra la
falta de espacio público offline, el aislamiento, y especialmente para
quienes están más solos. Sin ellas debiésemos temer un grado mayor de
epidemia de daño psicológico y familiar.
Otros, en cambio, quisieran un poco más de soledad y
sobre todo tranquilidad y menos trabajo doméstico y de cuidado. Se
trata, por ejemplo, de aquellos para quienes la desdiferenciación social
—que implica necesariamente la reclusión en lo privado— significa, para
muchas familias, traer la escuela y sus exigencias al interior del
hogar. La aceleración social se metió en el hogar. Quienes nunca
hicieron el aseo del hogar, cocinaron, o cuidaron a adultos mayores o
niños —pues externalizaban estas tareas en asesoras del hogar— deben
asumir por si mismos/as estas tareas. La injusticia de género se agudiza
bajo estas circunstancias, pues se extiende desde los sectores de nivel
socioeconómico más bajo a los sectores más altos. Si normalmente en
estos últimos hay menos desigualdad de género en la pareja, es
fundamentalmente, porque las tareas de la mujer son externalizadas
mediante trabajo doméstico y de cuidado pagado. Con esta
desdiferenciación forzada, ese trabajo queda ahora acumulado y genera un
superávit en los sectores más pobres de la ciudad.
Varios han llamado a valorar este largo momento de
reunión familiar, casi como la valoración de un pasado perdido. Una "retropía", diría Bauman. Pero lo más probable es que la vida privada se
transforme en un peso insoportable y un lugar de frustración, pues hace
muchas décadas, hasta siglos, que la familia y el hogar dejaron de ser
una esfera que contenía la economía y lo social. Desde hace mucho
dejamos de estar preparados, sobre todo los hombres, para tanto mundo
privado. Muchos de los conflictos que estaban contenidos por la
ocupación y distancia social cotidiana pública se trasladan a la
cotidianidad del hogar. Es como cuando se dice que los divorcios
aumentan en y después de las vacaciones. No sería raro que,
efectivamente, aumenten los divorcios, aunque también puede tener lugar
un "baby boom". Puede también aumentar la violencia intrafamiliar, como
temen con razón varias organizaciones feministas.
Todo lo anterior redunda en la pregunta sociológica
clave: en qué condiciones enfrentamos como sociedad esta exigencia de
doble solidaridad —de ir en ayuda del otro, pero sin dejar la reclusión
en lo privado. Es ahí donde esta crisis se transforma en una prueba, un
examen que, por una parte, nos muestra qué sociedad hemos construido
hasta ahora y, por otro, cómo ella nos juega a favor o en contra en el
momento de la crisis.
Los terremotos y grandes incendios nos muestran —mejor
que ninguna disciplina de las ciencias sociales— la realidad de la
pobreza, el hacinamiento, entre otros fenómenos que de otro modo se
esconden entre los cerros o el cemento. No sabemos cómo se comportará el
coronavirus en sociedades altamente desiguales, como las nuestras. Es
de temer que tanta desigualdad se exprese en una gran cantidad de
muertos y otros males. Esa desigualdad es expresión de falta de
solidaridad, al menos de solidaridad institucionalizada, la que ha
conducido a una fuerte deslegitimación de la autoridad y de las
instituciones. Una crisis de legitimidad de la autoridad, como la que
viene sufriendo Chile, constituye una debilidad grave pues la tarea
semántica más importante de las instituciones es proveer de certezas en
tiempos de crisis e incertidumbre.
Pero, tan cierto como lo anterior, es el hecho de que es
en momentos como estos —momentos de crisis agudas— donde se abren
posibilidades de inflexión para las sociedades, pues el modo de hacer
las cosas y las convicciones que los sostienen son puestos a prueba. El
coronavirus no solo es una amenaza, puede ser también una oportunidad.
La sociología ha establecido una relación entre el fin de las guerras y
el inicio de la solidaridad social, así como también con el comienzo de
un ánimo reconstructivo post-catástrofe, basado en un sentimiento de
felicidad por la vida, casi una nueva espiritualidad. Tal vez es lo que
faltaba para asumir de verdad el riesgo ecológico y nuevas formas de
solidaridad social.
*El contenido vertido en esta columna de opinión es de
exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la
línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicado en diario digital El Mostrador el 30 de marzo de 2020.
https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2020/03/30/coronavirus-y-ciencias-sociales-entre-la-interdependencia-y-dos-formas-de-solidaridad/
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