Mesa y la mayoría silenciosa
Mesa y la mayoría silenciosa
No hay duda, en lo inmediato, de que fue una jugada maestra la presentación de una renuncia mentirosa. Ya se sabe que, en política, las renuncias que no llevan el adjetivo "irrevocable" tienen toda clase de artísticas intenciones, y la de Mesa las tenía.
Álvaro Vargas Llosa
No es posible a estas alturas determinar si la clara victoria inmediata del Presidente Carlos Mesa sobre Evo Morales durará o será el comienzo del fin de su gestión. En cualquier caso, como la política es el arte del mal menor, nadie puede seriamente dudar que entre un Mesa que intenta preservar un mínimo de estabilidad política y previsibilidad institucional, y el proyecto demencial y de las alianzas entre Evo Morales (MAS), Felipe Quispe (Pachakutti), Jaime Morales (COB), Roberto Cruz (Movimiento Vecinal 17 de El Alto) y Vladimir Machicao (los Sin Tierra), la sensatez está en el primer bando. Por eso, ha hecho bien el vecindario -de Lula a Lagos, de Kirchner a Toledo- en respaldar a Mesa, cuya virtud ha consistido en transformar en mayoría activa lo que él instuyó que era una mayoría silenciosa hastiada de la agitación social y el populismo de barricada.
Hay dos formas de ver a Mesa y ambas tienen mucho de cierto. Se lo puede ver, de una parte, como el oportunista que se alió con el parque jurásico de los Morales y los Quispe para destronar a Sánchez de Lozada en 2003, y que al hacerlo desde el cargo que ostentaba, la Vicepresidencia, contribuyó a legitimar -y por tanto potenciar- unas fuerzas que hoy amenazan con desintegrar a su país.
Con el agravante de que, a lo largo de sus 17 meses de gobierno, apeló al tema de la mediterraneidad boliviana como símbolo de unidad nacional con más énfasis y menos sindéresis de las necesarias, y por tanto contribuyó a entronizar la demagogia como leguaje político. La otra visión posible de Carlos Mesa es mucho más benigna. Ella hace de Mesa un inteligente y sofisticado intérprete de lo que ocurre en Bolivia, que trata, mediante un delicado juego de poleas, de gobernar lo ingobernable, es decir de encauzar esas corrientes antisistema por una vía que permita preservar tanto la institucionalidad democrátiva como unas ciertas condiciones para sostener lo que hay de inversión sin provocar una guerra civil.
Esto último es tanto más meritorio cuanto que, como es sabido, además de una lucha entre "modernos" y "jurásicos", existe en Bolivia, particularmente en el sudeste, una dinámica autonomista que cuestiona la viabilidad misma del país como unidad territorial y política.
Ambas personalidades coexisten en Mesa. Es decir: gran responsabilidad por haber impulsado desde el propio poder, por tanto desde la legalidad del sistema, esas fuerzas que hoy se han vuelto contra él; al mismo tiempo, grandes dotes de operador político para sobrevivir en el mando y, por tanto, impedir que acabe de colapsar la institucionalidad democrática y, acaso, de cuartearse la integridad territorial.
No hay duda, en lo inmediato, de que fue una jugada maestra la presentación de una renuncia mentirosa. Ya se sabe que, en política, las renuncias que no llevan el adjetivo "irrevocable" tienen toda clase de artísticas intenciones, y la de Mesa las tenía. Pero la apuesta pudo haberle salido mal. Después de todo, Evo Morales no sólo representa a los 34 congresistas del MAS, sino también un vasto protoplasma de grupos y grupetes que, juntos, suman una masa crítica que tiene constantemente jaqueada a Bolivia, con un respaldo internacional que Hugo Chávez ya ni siquiera disimulada, como ha quedado claro con sus últimas declaraciones. Y Mesa, no lo ovidemos, no tiene estructura propia, ni bancada parlamentaria, sólo un verbo muy eficaz y el prestigio social de haberse puesto al frente de la crisis que hizo rodar por los suelos de su antecesor. Sin embargo, supo leer en el silencio de la mayoría silenciosa -para apelar a la célebre expresión de Nixon- un hastío y desesperación que alguien tenía que activar para recomponer, al menos momentáneamente, el juego de fuerzas. Eso, precisamente, es lo que el Presidente logró con su amenza de renuncia: sacar a las calles a la mayoría silenciosa y mudarla en mayoría activa del bloqueo como arma de lucha. En ese acto de transformación de los silencioso en activo, Mesa le ganó la mano a Morales, que hoy lame sus heridas anunciando la continuidad de los bloqueos.
Un análisis más frío, sin embargo, indica que, aun con la victoria temporal de Mesa, Bolivia tiene problemas de fondo sin solución a mediano plazo. El más importante, desde luego, es la ausencia de un marco institucional sostenido en un consenso socal y político básico. De esa carencia fundamental derivan toda clase de problemas, incluyendo los económicos. Por lo pronto, las exportaciones han caído 10% en enero, los bloqueos hacen perder a Bolivia US$ 13 millones diarios y las únicas posibilidades de inversión extranjera importantes residen en las urgencias energéticas de Brasil (o el acuerdo con Argentina). Por eso, Lula ha jugado un papel clave en el respaldo internacional a Bolivia.
Pero las posibilidades de desarrollo de esos 27 billones de pies cúbicos de gas comprobado (y 52 billones potenciales) siguen siendo mínimos mientras no se restituya lo que hace unos años parecía existir: un clima propicio a la inversión. Ninguno de los bandos en pugna, ni siquiera el de los sensatos, representa eso mismo en la actualidad. No olvidemos que no fue Morales, sino el propio Carlo Mesa quien se encargó hace varias semanas de enviar un claro mensaje hostil a la inversión extranjera cuando, accediendo a las exigencias de los manifestantes de El Alto, canceló un contrato de distribución de agua con una filial de Suez, la empresa francesa. Por si fuera poco, la ley de hidrocarburos que propone el gobierno contempla impuestos potenciales de hasta 32% a las empresas que invierten en ese rubro, cifra altamente disuasoria. Así no se construye una institucionalidad que garantice inversiones.
No es, pues, la regeneración institucional, económica (y) social lo que emerge de este triunfo político de Mesa. Lo que realmente ha ocurrido es que se ha impedido que las cosas acaben de hacer crisis. El Presidente ha ganado tiempo y demostrado que el Presidente no es manco. Pero el desafío de Bolivia, un país con casi dos tercios de la población en la pobreza y en un mundo en el que desde la Europa central hasta el Asia cabalgan a lomo de un pegaso económico, no es preservar un statu quo insostenible a mediano plazo, sino dar un viraje de 180 grados hacia la modernidad. Eso, de momento, no está en las posibilidades de Mesa, y es probable que ni siquiera esté en sus designios más íntimos.
Publicado en suplemento Reportajes de diario La Tercera el 13 de marzo de 2005.
La Tercera, Santiago de Chile, suplemento Reportajes, 13 de marzo de 2005, pag. 19.
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