Columna de Rodrigo Mayorga: ¿Todo va a estar bien?
Columna de Rodrigo Mayorga: ¿Todo va a estar bien?
Es cierto: la retórica de Kast no es la misma que la de Trump o la de
Bolsonaro. La parsimonia del candidato chileno está lejos de las
pachotadas efectistas de los otros: si a Kast le hubiera tocado animar
The Apprentice, el reality de Trump habría tenido menos rating que "Tocando las estrellas". Aún así, su actuar ha sido incendiario.
Rodrigo Mayorga*

"Quiero decirles, con esa convicción, que pueden estar tranquilos, porque todo va a estar bien". Hace poco más de una semana, José Antonio Kast
pronunciaba estas palabras, tras haber vencido en la primera vuelta de
las elecciones presidenciales. "¡Todo va a estar bien! ¡Todo va a estar
bien!", gritaba la multitud que oía al candidato, como si hubieran
vuelto definitivamente los conciertos masivos y estuvieran pidiéndole
una canción más al músico de turno. La frase se había vuelto un slogan de campaña en las semanas previas, invocada cada vez que alguien osaba plantear que el programa de Kast incluía medidas autoritarias, que sus propuestas económicas harían quebrar al Estado, o que el candidato era amigui de algunos de los personajes más macabros de la derecha radical internacional. "Tranquilo, todo va a estar bien", una frase que debiera servir para
contener a alguien atemorizado, se convertía así en un mecanismo para
descartar los miedos de otro, el símil político de que alguien te diga "vamo a calmarno" cuando estás teniendo una crisis de pánico.
El problema es que no son sólo las propuestas de José Antonio Kast las que provocan miedo en
parte importante de la población. También, el actuar de sus seguidores.
La experiencia internacional ha mostrado que los gobiernos de derecha
radical suelen venir acompañados de un aumento en los crímenes de odio.
Así fue, por ejemplo, en el caso de Donald Trump:
bajo su mandato los delitos de odio alcanzaron su nivel más alto desde
2008 y los grupos nacionalistas blancos crecieron en más de un 50%. La
oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas también ha denunciado el aumento de violencia racista en el Brasil de Jair Bolsonaro,
llegando incluso a pedirle al gobierno que "asuma su responsabilidad"
al respecto. Esta responsabilidad no sólo tiene que ver con las
políticas de estos gobernantes sino con sus retóricas misóginas, racistas y homofóbicas, las que, pronunciadas desde sitios de poder, han sido el más efectivo combustible para propagar estos actos de violencia.
Es cierto: la retórica de Kast no es la misma que la de Trump o la de Bolsonaro. La parsimonia del candidato chileno está lejos de las pachotadas efectistas de los otros: si a Kast le hubiera tocado animar The Apprentice, el reality de Trump habría tenido menos rating que "Tocando las estrellas" (#nuncateolvidaremosGuatónMamón). Aún así, su actuar ha sido incendiario. En Twitter,
el hoy candidato a la presidencia de Chile ha cultivado una base de
seguidores a la que, si es que no incita (¿cómo olvidar su oferta de un
lomito de la Fuente Alemana a quién le hiciera el mejor meme para
burlarse de Nicolás Grau?), tampoco busca apaciguar. Fue, de hecho, lo
que ocurrió la semana pasada con los dichos de Johannes Kaiser: ante la prensa Kast los tildó de "impresentables", pero ante su medio millón de seguidores virtuales, el silencio fue
absoluto. Y el silencio habla fuerte, en especial cuando viene de
alguien que usa la red del pajarito azul más de lo que un adolescente
usaba Fotolog en los 2000, y cuando entre ese medio millón de receptores
del mensaje se hallan muchos que han hecho de la agresión digital su modus operandi. Una de las demandas que Sichel hizo
a Kast para poder apoyarlo fue también la “condena a discursos de odio
esparcidos por redes sociales de adherentes y parlamentarios afines”.
Esta vez no fue el silencio lo que se oyó, sino el portazo que le dio Rojo Edwards en la cara a la exigencia, tan fuerte que seguro lo alcanzó a escuchar el candidato del Frente Social Cristiano, allá en Washington DC.
No faltará quien diga que todo esto es una exageración. Ese es el problema con los discursos de odio: parecen ser una exageración hasta que provocan una tragedia que
lamentar. Azuzar a las masas es cosa de políticos, pero es su deber
también hacerse cargo de los efectos de ello. Hacer la vista gorda ante
los discursos de odio y la agresión como forma de hacer política es irresponsable y, sobre todo, peligroso, porque nadie queda a salvo de sus consecuencias. Y si no me cree, pregúntele a la convencional Cubillos,
quien denunció haber recibido agresiones "mucho peores que cualquiera
que haya recibido de adversarios de izquierda", sólo por apoyar a
Sebastián Sichel y no a Kast en primera vuelta. Si ni siquiera Marcela Cubillos
(quien no es precisamente la hija de Karl Marx y Rosa Luxemburgo) está a
salvo de estos ataques de los seguidores de la Derecha Radical, es
entendible que otros, bastante más desprotegidos que ella, tengan miedo, y que ese "todo va a estar bien" cobre la forma de una burla siniestra y cruel.
*Profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de "Relatos de un chileno en Nueva York" (con el seudónimo de Roberto
Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl)
Publicado en The Clinic el 01 de diciembre de 2021.
https://www.theclinic.cl/2021/12/01/columna-de-rodrigo-mayorga-todo-va-a-estar-bien/
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