Allende y Piñera: ayer la tragedia, hoy la comedia
Opinión
Allende y Piñera: ayer la tragedia, hoy la comedia
Los dos, aunque de una manera disímil, fueron víctimas de
los propios proyectos políticos que encabezaron y representaron. Si a
Salvador Allende lo mató su pasión política por construir el socialismo
de manera pacífica y en democracia, a Piñera, en cambio, lo asfixió el
propio modelo salvaje en el que se enriqueció y construyó su fortuna y
que terminó por destruir todo su capital político. Como Allende en su
momento, Piñera cada vez se va quedando más solo, rodeado únicamente por
unos pocos leales a su persona. A todo nivel, nadie quiere ingresar a
su elenco y ya casi es el callejón oscuro el método de reclutamiento. Es
más, parece como si todos quisieran más bien irse del mismo.
Edison Ortiz

A fines de marzo de 1973, luego de que la oposición no
alcanzase los votos necesarios para una acusación constitucional a
Salvador Allende, los mineros de El Teniente –cuyos dirigentes habían
sido clave en el proceso de la nacionalización del cobre– comenzaban la
huelga del 41, cuyos efectos serían letales sobre la feble economía
nacional y terminarían por horadar hasta sus cimientos ese Gobierno. La
paralización culminó casi en paralelo al 29 de junio, día en que se
ensayó el golpe de Estado que se materializó el 11 de septiembre de ese
fatídico año y que cobraría, entre otras miles, la vida del propio
Presidente. Si el 11 fue el tiro de gracia a nuestra vieja República, la
huelga minera fue la batalla que la decidió.
Antes, en octubre de 1972, la huelga de los camioneros
había hecho tambalear el Gobierno de la Unidad Popular y el compañero
Presidente tuvo que recurrir entonces al expediente de convocar a los
militares al Gobierno, situación que tuvo a punto de culminar con el PS
fuera de La Moneda en el tenso pleno de Coya, que se celebró ese mes en
la localidad precordillerana de nuestra región. Durante el segundo año
de su Gobierno y la concreción de la unidad opositora –Partido Nacional
(PN) y Democracia Cristiana (DC)– apoyando al candidato DC, Rafael
Moreno, en la elección senatorial complementaria de O’Higgins que se
fortalecería luego hasta derrumbar a la UP, se empezaba ya a decidir el
destino final de aquella administración que quería construir el
socialismo en Chile.
Piñera –al igual que Allende– 47 años más tarde y en el
mismo mes de octubre, volvía a apelar a los militares para mantener su
Gobierno, aunque esta vez la participación de los mismos no fue tan
entusiasta como entonces y no somos pocos los que sospechamos que fue la
experiencia de la UP y la propia dictadura cívico-militar de Pinochet,
cuyas consecuencias pagaron exclusivamente los militares en democracia,
lo que los convenció de no involucrarse tanto, esta vez –sumado ello a
su desprestigio institucional–, en la guerra del Presidente. Aprendieron
que, luego de la crisis, ellos se transforman en el único pato de la
boda.
La administración del actual Mandatario comenzó su agonía
también en el mes de octubre del año pasado y ya vivimos un tenso y,
tal vez definitivo, mes de marzo, como también le sucedió a Allende, y
no sabemos si sobrevivirá a la actual crisis que lo tiene promediando el
6% de aprobación, con todas las instituciones republicanas por el suelo
y la ciudadanía desbordando las calles.
Esta vez no ha sido la intervención estadounidense
–"haremos chillar la economía chilena" (Nixon)– o la feroz oposición
interna a Allende (PN y DC), aunque, sí, al igual que ayer, los propios
errores gubernamentales.
Ambos Presidentes asumieron su mandato en medio de complejos y convulsionados escenarios sociales y políticos.
Allende asumía luego del Tacnazo del general Viaux que
buscó derribar al final al Gobierno de Frei Montalva y del asesinato del
comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider, teniendo como
horizonte la promesa de una revolución socialista con "empanadas y vino
tinto". Piñera lo hizo, también, en un convulsionado clima social,
intentando hacer una contrarrevolución para frenar las febles reformas
impulsadas por el anterior Gobierno y mantener el statu quo que
se forjó en dictadura y que luego se consolidó en la transición, en
medio de una crisis generalizada de la política y de las instituciones,
con una democracia por el suelo y altos niveles de abstencionismo que,
con distintos matices, se ha venido reiterando desde la municipal de
2012 y cuyo corolario fue el estallido social de octubre de 2019 y
recientemente la conmemoración del 8 de marzo.
Allende cayó en el contexto de un mundo polarizado por la
Guerra Fría y la política de bloques, por intentar hacer
transformaciones que amenazaban el orden latifundista que heredamos de
la Colonia y que se consolidó con la república oligárquica. Piñera, en
tanto, ha caído, en la práctica, por hacer todo lo contrario: no
escuchar el ánimo ciudadano que clama por reformas de fondo a un
ineficiente e inequitativo modelo neoliberal, que curiosamente fue el
que se impulsó luego del intento revolucionario que encabezó el
Presidente Allende y en el que Piñera mismo, de manera bastante
irregular, se hizo millonario.
Ambos cayeron presas del mismo pasado, uno que concluyó
en el erial –el socialismo a la chilena– para parir un hijo bastardo –el
modelo neoliberal implementado a sangre y a fuego– y este último que ha
cavado en Chile su propia tumba y ha dejado en el camino a dos
presidentes. Los dos, aunque de una manera disímil, fueron víctimas de
los propios proyectos políticos que encabezaron y representaron. Si a
Salvador Allende lo mató su pasión política por construir el socialismo
de manera pacífica y en democracia, a Piñera, en cambio, lo asfixió el
propio modelo salvaje en el que se enriqueció y construyó su fortuna y
que terminó por destruir todo su capital político.
Allende y Piñera encabezaron administraciones en un
complejo escenario internacional. Mientras el primero tuvo que lidiar
contra el mundo de la cortina de hierro y de la Guerra Fría, cuando los
dueños del barrio eran representados por personajes peligrosos como lo
eran Kissinger y Nixon, al segundo le tocó convivir con un clima
internacional también complejo, nada menos que con otro personaje sacado
del teatro del absurdo, Donald Trump, espécimen de características
similares al que solo le faltará su reelección para terminar de destruir
lo que quedaba del prestigio internacional de Estados Unidos.
El contexto nacional tampoco favoreció a ambos
mandatarios. Y si bien Allende tuvo que lidiar con una clase política
que transversalmente, de derecha a izquierda, estaba muy por encima de
la montonera que es hoy, lo cierto es que dicha elite igual fue incapaz
de resolver en democracia el conflicto político en ciernes y sucumbió
ante los militares.
Hoy, por el contrario, nuestra oligarquía política está
absolutamente desprestigiada y muy lejos de la sensibilidad social que
gatilló el 18 de octubre. Lejos, por tanto, de aportar soluciones al
conflicto. Por el contrario, ellos son parte del problema y, así como se
avizora el horizonte, parece que continuarán hundiéndose en su propio
desprestigio. Es por ello que Piñera recurrió prontamente a los
militares, aunque estos últimos, esta vez, le fueron esquivos.
Ambos, con sentido distinto, terminaron apelando al
factor militar para desequilibrar la balanza en uno u otro sentido. Y
ambos salieron perdiendo en ese juego.
Uno y otro, además, antes del final, recurrieron al
expediente del plebiscito como mecanismo para resolver el conflicto.
Allende, demócrata de tomo y lomo, quien siempre creyó en la salida
institucional a la crisis, motivo por el cual demoró su anuncio hasta el
martes 11, intentando hasta el último convencer a los partidos de la UP
de la necesaria medida para salvar la democracia. Pero los militares,
que estaban informados por el propio Presidente del anuncio,
intervinieron antes.
Piñera, en tanto, no lo buscó, pero tuvo que aceptarlo,
para ganar tiempo cuando el estallido social no solo amenazaba con
acabar con su Gobierno sino con el conjunto de la clase política. Ello
explica que un sector importante de su administración ha generado una
campaña del terror en torno a rechazar el proceso constituyente para
construir una nueva Constitución. Y si bien los quorum son
altísimos para hacer cambios de fondo (2/3), así como están las cosas
los resultados del mismo podrían acabar anticipadamente con la
administración del conocido empresario. Piñera, aunque en sentido
opuesto a Allende, también podría acabar su Gobierno por causa de un
plebiscito.
Epílogo
Y si bien es cierto que ambos presidentes son
absolutamente distintos y provienen de culturas políticas disímiles
–mientras Allende ingresó tempranamente a la política y ocupó todos los
cargos con los cuales se hacía carrera hasta alcanzar la Presidencia
(ministro, diputado, jefe político y senador), con una trayectoria
política limpia e impecable, Piñera, en cambio, flirteó con la
delincuencia de cuello y corbata, se hizo millonario con la cultura
empresarial piraña que aprendió siendo joven y en el contexto de un
capitalismo salvaje, hizo luego carrera política como senador y
presidente de partido, incluso dueño de un popular club de fútbol y de
medios de comunicación, hasta llegar a La Moneda–, no es menos verdad
que los dos vivieron la soledad del poder y tempranamente concluyeron
sus mandatos con coaliciones desordenadas e ingobernables.
Más allá de la intervención estadounidense y de la
sedición opositora, la Unidad Popular, coalición diversa y heterogénea,
con partidos políticos con proyectos globales y cerrados, también
impidió una mejor gestión política y ayudó a poner el camino cuesta
arriba a aquella administración popular. Piñera hoy tiene a la UDI y a
Van Rysselberghe y José Kast, y parte de RN, haciéndole aún más
ingobernable la situación a La Moneda.
Max Marambio me contó alguna vez que, por una misión que
le encomendó Allende en Rancagua –detener un sabotaje que se realizaría
en el puente Cachapoal a las 2.00 a.m. del 11 de septiembre–, estuvo en
Tomás Moro casi al filo de la noche del 10 de septiembre y pudo observar
que el Presidente estaba solo con su núcleo íntimo, preparando el
discurso que daría en la Universidad Técnica del Estado (UTE) por la
mañana y donde anunciaría el plebiscito para dirimir el conflicto
institucional, cuando ya recibía alarmas sobre movimientos de tropas en
Santiago y Valparaíso. Max relata que en un momento Allende se paró de
la mesa y dijo: "Mire, este cuento del golpe lo escucho todos los días y
yo, por ahora, me voy a tomar esta pastillita porque necesito dormir
bien, porque mañana tendré mucho trabajo". Al día siguiente y de una
manera heroica, el Presidente se durmió para siempre.
Este 11 de marzo el actual Mandatario cumple –como
ocurrió con Allende en octubre de 1972, cuando estalló el paro
camionero– dos años en el Gobierno. Al Presidente Piñera se le observa
mal desde hace tiempo. Se le nota en los gestos casi automáticos de su
cuerpo, en sus declaraciones desastrosas y en su incapacidad política
para resolver el conflicto social presente. Como Allende en su momento,
cada vez se va quedando más solo, rodeado únicamente por unos pocos
leales a su persona. A todo nivel, nadie quiere ingresar a su elenco y
ya casi es el callejón oscuro el método de reclutamiento. Es más, parece
como si todos quisieran más bien irse del mismo.
Ya en los círculos del Parlamento se habla en off, y algunos también en on
(el diputado Esteban Velásquez), de la posible interdicción del
Mandatario, porque "el Presidente no está en su sano juicio". El camino
se le ha puesto largo y sinuoso y existe la posibilidad real de que ni
siquiera alcance los mil días de Allende.
Como dijo Marx, en el 18 Brumario, "la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa".
La primera deja sus personajes augustos y heroicos como
Allende y frases memorables como la que se repitió una y otra vez en las
grandes marchas de octubre, “más temprano que tarde se abrirán las
grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una
sociedad mejor”, y que escuchó, aunque no lo quisiera, una y otra vez el
Presidente Sebastián Piñera.
La segunda, en tanto, se presenta como una mala comedia,
con sus personajes saltimbanquis, cantinflescos y con disfraces donde no
quedará nada. Ni recuerdos.
Tal vez solo la pifia del monstruo, el mismo que lo
levantó en las encuestas y luego lo dejó caer. Todo ello en un país
demasiado acostumbrado a las asonadas populares y a los golpes de Estado
seguidos de gobiernos autoritarios para repetir en tres décadas
nuevamente el ciclo.
El contenido vertido en esta columna de opinión es de
exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la
línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicado en diario electrónico El Mostrador el 11 de marzo de 2020.
https://www.elmostrador.cl/destacado/2020/03/11/allende-y-pinera-ayer-la-tragedia-hoy-la-comedia/
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