Terminar por una enfermedad: “Él no quería que yo dejara mi vida de lado”
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Terminar por una enfermedad: "Él no quería que yo dejara mi vida de lado"
Graciela Mauriziano / Collage: Sofía Valenzuela
"En el 2019, cuando llevábamos poco más de un año de relación, a mi ex
le detectaron un cáncer a la próstata. En ese entonces, pese al gran
susto que sentimos y a los replanteamientos de vida que se gatillaron
con la noticia, su médico tratante le dijo de manera enfática que lo
habían encontrado a tiempo y que todo iba a estar bien. Era joven, sano,
y el pronóstico era esperanzador. Todos, incluyendo su familia que vive
en el extranjero, estuvimos durante esos meses previos a la operación a
su lado. Estaban los que le decían que optara por tratamientos
alternativos y los que le traían libros de Alemania con curaciones a
base de plantas. Estaban también los que confiaban plenamente en la
medicina tradicional y no ponían en duda que todo iba estar bien. Yo,
por mi lado, estaba agobiada por el miedo, pero aun más fuerte que eso
era mi compromiso hacia con él, y me propuse de un día para el otro,
estar ahí acompañando. Fuera lo que fuera.
Esos meses pasaron y ahora los retengo de manera borrosa, como si fuera
una gran nebulosa. No sé muy bien cuál fue la sensación predominante,
pero lo que sí sé es que cuando la operación salió bien, sentí un alivio
inmenso. La vida le había dado otra oportunidad y ya sabíamos que había
que tomarla y agradecerla. Emprendimos entonces un plan alternativo al
que veníamos siguiendo; nos iríamos a vivir fuera de Santiago y
empezaríamos de nuevo. Lejos de la ciudad, lejos de la muchedumbre y del
sobre estímulo. Éramos lo suficientemente afortunados como para poder
hacerlo, y no íbamos a perder esa oportunidad. Algo había cuajado y esa
era la única opción que nos hacía sentido después de ese gran miedo.
Con un profundo dolor en el alma recuerdo el día que –un año después– le
detectaron nuevamente el cáncer. Su cara, cuando lo supo con certeza,
lo dijo todo; estaba desilusionado de sí mismo y sentía que su cuerpo le
había fallado. Yo en mi interior rogaba que no sintiera eso, que no se
sintiera responsable, pero la sensación era muy fuerte. Se había
cuidado, vivía una vida sana e incluso había dejado los factores
estresores que hace tiempo le hacían vivir una vida frenética y sin
sentido. Pero aun así algo había salido mal. Y ahí estábamos, ad portas
de enfrentar ese proceso que ya conocíamos bien, por segunda vez. Yo
hacía lo posible por entender que esto se trataba de él, e hice todo por
poner mis emociones, mis miedos y mis angustias de lado. Él estaba
lidiando con esto, no podía sumarle mi malestar. Pero a la larga, creo
que eso fue un error. Mi malestar, siendo su acompañante durante todo
ese tiempo, también era válido. Y no tenía porque relegarlo.
Meses después, con tratamiento entre medio y un desgaste cada vez más
notorio –él ya no quería seguir en esto y sus ojos eran cada vez más
evidentes al respecto–, entré a su pieza y me puse a llorar con él.
Arriba de su pecho. El pronóstico, esta vez, no era tan esperanzador, y
el cáncer había avanzado mucho. Recuerdo perfecto que él, pese a su
dolor y desazón, me acarició el pelo y me dijo 'vamos a estar bien'. No
era cosa de creerle, el solo hecho de escucharlo de su voz me hizo
sentir más tranquila.
La semana siguiente, después de una visita médica desoladora, volvimos a
su casa y él –con la mirada totalmente perdida– me dijo que teníamos
que terminar. Yo no lograba entender. Al tiro le pregunté '¿por qué te
estás haciendo esto?', porque en mi cabeza no concebía que realmente
tuviera ganas de terminar la relación. Estaba incurriendo en un acto
heroico, por así decirlo, como para cuidarme a mí, y yo solo quería
transmitirle que no tenía por qué hacerlo.
Yo estaba ahí, había tomado esa decisión de manera voluntaria. Pero aun
así, él estaba decidido. Independiente del pronóstico y el desenlace, él
no me quería seguir amarrando. No quería que yo me sintiera responsable
de él ni de su enfermedad, y es más, su ego no se lo iba a permitir.
Eso ya lo tenía claro. Me miró a los ojos y me dijo 'quiero que hagas tu
vida, que seas feliz, que salgas y que dejes de sentir esa sensación
constante de desazón y malestar. No es forma de vivir'. Yo no quería que
así fuera, pero algo en mí ya me había advertido que quizás, en el
fondo, tenía razón. No era mi responsabilidad -suena fuerte decirlo-,
por más que yo quisiera estar ahí.
Esos puntos de inflexión, y esas decisiones que uno toma en la vida, son
difíciles de explicar y a veces no encuentran su raíz en una
racionalidad. ¿Me correspondía estar ahí con él? ¿Se trataba de algo que
corresponde o no, o era una decisión que se tomaba en base a otra cosa?
Filo si correspondía, yo lo amaba, ¿pero era lo que yo quería? Él me
decía que por ningún motivo quería manchar nuestra relación con esto,
que no quería que yo fuera su enfermera. Pero para mí no se trataba de
eso. Todas esas inquietudes me abrumaron, pero independiente de lo que
quisiéramos o no, algo ya se había quebrado. Estábamos desgastados los
dos, y el amor que había caracterizado nuestra relación había mutado a
otra cosa. Era mejor dejarlo ahí.
Han pasado ya varios meses desde ese día. Nunca dejé de comunicarme con
su familia y de repente también hablo con él. Está mejor, y está activo.
He vuelto a ver, en algunas fotos, su mirada presente. Y tenemos
pendiente vernos, pero aun no hemos dado el paso de hacerlo. Hay
sutilezas que tenemos que revisar cada uno por nuestro lado antes de
volver a vernos a la cara y, ojalá, abrazarnos muy profundo".
Graciela (31) es diseñadora gráfica.
Publicado en la revista electrónica Paula el 04 de enero de 2022.
https://www.latercera.com/paula/terminar-por-una-enfermedad-el-no-queria-que-yo-dejara-mi-vida-de-lado/?utm_source=latercera&utm_medium=latercera&utm_campaign=editorial
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